Por qué algunos despiertan recordando cada sueño y otros no conservan ni una imagen: lo que explica un estudio reciente
Una investigación siguió durante quince días a más de doscientos adultos sanos y encontró que la memoria de lo que soñamos no es cuestión de suerte: depende de la edad, de cómo funciona la cabeza de cada uno y hasta de cómo se durmió esa noche en particular.
La mañana del lunes arrancó en Buenos Aires con esa bruma finita que se pega a los vidrios y un sol tibio que todavía no termina de decidirse. En las mesas de los bares de Palermo, mientras se sirve el primer café, la conversación cae casi siempre en el mismo tema antes de que llegue el segundo: qué soñaste. Algunos lo cuentan con pelos y señales, como si hubieran visto una película; otros se quedan mirando la taza, intentando en vano atrapar algo que se les escurrió entre los dedos apenas sonó el despertador. Esa diferencia tan común, que siempre pareció puro azar, acaba de quedar en el centro de un estudio publicado en la revista Communications Psychology, y los resultados llaman la atención porque muestran que no es cuestión de suerte ni de memoria buena o mala a secas.
El trabajo siguió durante quince días seguidos a 217 adultos sanos, de entre 18 y 70 años. Cada mañana, los participantes anotaban si recordaban haber soñado y con qué nivel de detalle. En paralelo, el equipo de investigación fue juntando datos demográficos, psicológicos y del propio sueño, usando dispositivos de monitoreo y pruebas específicas. La idea era sencilla de explicar y ambiciosa de llevar adelante: entender por qué algunas personas se despiertan con escenas nítidas de lo que soñaron mientras otras apenas conservan una sensación difusa o directamente no retienen nada.
Los rasgos de cada uno pesan más de lo que se creía
Lo primero que apareció en los resultados es que la edad importa y mucho: a medida que pasan los años, cambia la facilidad con que uno retiene el contenido onírico al despertar. Pero no es lo único. También pesa, y bastante, la llamada divagación mental, esa inclinación de la cabeza a encadenar pensamientos por su cuenta en lugar de quedarse clavada en lo que se tiene enfrente. Quienes más divagan suelen ser los que mejor recuerdan sus sueños, según vio el equipo. Y hay un tercer rasgo individual que aparece como clave: la vulnerabilidad a la interferencia, es decir, la facilidad con que un recuerdo del sueño es desplazado por estímulos que llegan en el instante de abrir los ojos, como la luz que se cuela por la persiana, un mensaje de WhatsApp sonando o el primer pensamiento consciente del día. Si esos estímulos aterrizan antes de que el sueño quede bien consolidado en la memoria, lo que soñamos se pierde sin aviso.
Acá abajo, en los barrios del conurbano, la psicóloga Laura Méndez, de Lanús, atiende pacientes que se frustran porque no recuerdan nada de lo que soñaron. Ella lo cuenta mientras toma un cortado en una barra de bar: "Yo siempre les digo que no se preocupen, que no les pasa nada raro. Soñar y recordar lo soñado son dos cosas distintas, y eso lo sabe cualquiera que se haya despertado alguna vez con la certeza de que soñó algo pero sin poder atrapar ni una imagen. Eso que llaman sueño blanco es mucho más común de lo que la gente cree".
- La edad modifica la capacidad de retener lo soñado al despertar.
- La divagación mental se asocia a recuerdos oníricos más frecuentes y detallados.
- La vulnerabilidad a la interferencia hace que estímulos al momento de despertar borren el contenido del sueño.
- Soñar y recordar lo soñado no son lo mismo: existe el llamado sueño blanco, en el que uno sabe que soñó pero no puede recuperar ningún detalle.
- Las noches con más fases de sueño liviano y menos sueño profundo tienden a dejar más recuerdos al despertar.
Cómo se durmió esa noche también cuenta
El estudio no se quedó en los rasgos de personalidad y fue más allá: miró la estructura misma del descanso. Quienes tuvieron episodios de sueño más largos, con menor proporción de sueño profundo -la llamada etapa N3, asociada a la recuperación física y cerebral- y mayor presencia de fases más livianas, despertaron con más recuerdos de sus sueños. Las etapas más superficiales del sueño parecen ofrecer condiciones más favorables para que la experiencia nocturna quede registrada y pueda ser recuperada a la mañana siguiente. Es como si el cerebro, mientras más liviano está descansando, deja la puerta más abierta para que lo soñado pase a la memoria.
En el fondo, lo que el trabajo viene a poner sobre la mesa es algo que muchos intuían pero no estaba tan probado: que la diferencia entre despertar relatando un sueño y despertar en blanco no es una lotería, sino que responde a una combinación de factores que se pueden observar y medir. La edad, la forma de pensar de cada uno, la vulnerabilidad a lo que pasa alrededor del cuerpo al momento de abrir los ojos y la propia arquitectura de esa noche de sueño. Para los que siempre soñaron y nunca pudieron contarlo, el consuelo es saber que no se trata de un defecto: es, simplemente, la manera en que su cabeza procesa la frontera entre el sueño y la vigilia. Como me dijo Laura antes de pagar el café y volver a su consultorio: "Soñar se sueña igual, lo que cambia es cuánto te dejás llevar al despertar antes de que el día se te venga encima".
