Cecilia Garraffo, la argentina que desde Harvard le enseña a las máquinas a cazar vida en las estrellas
Creció en Belgrano, arrancó Actuario y hoy dirige un instituto dedicado a aplicar inteligencia artificial a la astronomía. De paso por Buenos Aires, la científica dialogó sobre por qué la vida en el universo deja de ser una fantasía para convertirse en una cuestión de probabilidades.
La mañana en Buenos Aires arranca con esa luz pálida de julio que no termina de definirse, ni invierno ni primavera, apenas un reflejo opaco sobre los edificios de Palermo. En el ITBA, mientras tanto, una científica que se fue del país hace años se para frente a un auditorio lleno y dice algo que suena a herejía y a la vez a la cosa más sensata del mundo: que lo raro sería que estuviéramos solos.
Se llama Cecilia Garraffo, nació y creció en Belgrano, y hoy, desde Cambridge, Massachusetts, dirige el Instituto AstroAI, un laboratorio que funciona dentro del Centro de Astrofísica que comparten la Universidad de Harvard y el Smithsonian, dos instituciones que juntas acumulan siglos de tradición científica. La excusa de su visita es un seminario en el ITBA, pero la conversación va mucho más lejos: va hacia las estrellas, hacia las probabilidades y hacia una pregunta que la humanidad se hace desde que tiene conciencia de sí misma.
Un camino que arrancó en La Plata y pasó por Hawking
El recorrido de Garraffo no fue lineal ni romántico, fue más bien el de alguien que se dejó llevar por la curiosidad hasta donde ella lo llevaba. Se recibió en la Universidad Nacional de La Plata, hizo el doctorado en Física en la Universidad de Buenos Aires y completó dos posdoctorados en Estados Unidos, uno en astrofísica computacional y otro en inteligencia artificial, una combinación que hoy es su marca registrada pero que hace un par de décadas sonaba a disciplina marciana.
Cuenta que cuando terminó el secundario se anotó en Actuario porque la matemática se le daba bien. Llegó hasta tercer año. La lectura de los libros de Stephen Hawking y el impacto de la película Contacto la convencieron de que había algo más grande del otro lado de los números. Se cambió a Astronomía y, según dice, no volvió a dudar. Acá abajo, en la provincia, todavía hay quienes recuerdan a la pibe de Belgrano que se fue a buscar respuestas al cielo y volvió, cada tanto, con alguna distinción bajo el brazo.
En 2025 recibió el Premio Presidencial a la Trayectoria Temprana para Científicos e Ingenieros, la distinción más alta que otorga el gobierno de Estados Unidos a profesionales en las primeras etapas de su carrera. No es un dato menor: suele caer sobre gente que trabaja en los laboratorios más competitivos del mundo.
Vida en el universo: la pregunta que dejó de ser loca
Sobre la pregunta que titula cualquier conversación sobre el cosmos, Garraffo es directa y no se hace la interesante. Pienso que hay vida en otros lugares del universo. No puedo probarlo. Pero es una cuestión estadística. Lo raro sería que no hubiera más vida que la que conocemos. La frase es de ella, textual, y la dice sin grandilocuencia, como quien comenta el resultado de una ecuación.
Aclara algo importante: cuando habla de vida no piensa en humanoides verdes ni en civilizaciones avanzadas. Habla de cualquier forma que merezca ese nombre, desde una bacteria hasta un virus. Y agrega un dato que suele olvidarse en las películas: las distancias en el universo hacen poco probable cualquier tipo de comunicación, incluso si existiera vida inteligente del otro lado. La soledad, dice, puede ser más una cuestión de kilómetros que de ausencia.
Inteligencia artificial diseñada en casa, a la medida del cielo
El instituto que dirige no usa las herramientas comerciales que cualquiera puede abrir desde una computadora. Desarrollan modelos propios, entrenados para los problemas específicos de la astronomía. La diferencia no es solo velocidad: es la capacidad de encontrar patrones que nadie estaba buscando. Podemos intencionalmente buscar patrones que no conocemos ni sabemos que están ahí, explica Garraffo, y la frase tiene algo de confesión y algo de promesa.
El contexto lo da el Observatorio Vera Rubin, en Chile, una de esas obras de ingeniería que parecen exageradas hasta que uno entiende los números. En una sola jornada de observación produce la misma cantidad de datos que todo lo acumulado a lo largo de la historia de la astronomía. Procesar ese caudal sin inteligencia artificial, dice la científica, sería directamente imposible. La IA dejó de ser una ayuda para convertirse en una necesidad, y eso cambia la profesión.
Oxígeno, biosignaturas y la dificultad de mirar de lejos
Para detectar vida fuera de la Tierra, los científicos trabajan con biosignaturas, señales químicas que podrían delatar actividad biológica. Garraffo menciona al oxígeno como una de las moléculas candidatas, aunque reconoce que medirlo en atmósferas lejanas es técnicamente difícil con los instrumentos actuales. Es como intentar adivinar el menú de un restaurant desde la vereda de enfrente, sólo con el olor que sale por la rendija de la puerta.
La charla termina como suelen terminar las charlas que valen la pena: con la sensación de que uno se va sabiendo un poco más, pero también un poco más chico frente al universo. En la puerta del ITBA, un estudiante de ingeniería le pregunta qué le diría a alguien que sueña con hacer lo que ella hace. Cecilia lo mira, se toma un segundo, y responde con la misma calma con la que habla de las galaxias. Lo raro sería que no hubiera más vida que la que conocemos.
