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Lunes, 2 de noviembre de 2026
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Cuando la culpa no se va: el duelo que se queda con uno

La terapeuta Yuli de Sosa y el sacerdote Edwin Baños explican por qué entender la muerte no alcanza para atravesar la pérdida y qué pasa cuando la culpa y el resentimiento persisten.

Por Esteban AlvaradoSociedad y vida cotidiana · · hace 3 h
Cuando la culpa no se va: el duelo que se queda con uno

Hay frases que se dicen con buena intención después de una muerte y que, para quien lleva el dolor adentro, no alcanzan. «Está en un lugar mejor» o «el tiempo lo cura todo» reconfortan desde afuera, pero no siempre acompañan el proceso interno de quien perdió a alguien cercano.

La terapeuta familiar Yuli de Sosa señaló que comprender de manera racional que la muerte forma parte de la vida no suprime las reacciones emocionales que genera una pérdida concreta. Saber que todos vamos a morir no equivale a haber atravesado la muerte de una persona querida en primera persona.

Entre la emoción y la razón

Según explicó De Sosa, el duelo implica un diálogo entre la emoción y la razón: aceptar que la persona ya no está físicamente, pero que sigue presente en la memoria, en los aprendizajes y en los vínculos que dejó. Suprimir la tristeza o mostrar hacia afuera que la pérdida ya está superada, cuando por dentro el dolor sigue activo, puede derivar en lo que se conoce como duelo no resuelto.

Las culpas que no se disuelven

La culpa es una de las cargas más frecuentes después de una muerte. Baños señaló que ese sentimiento aparece incluso entre quienes acompañaron de forma constante a un familiar enfermo o anciano.

  • La sensación de que siempre se pudo haber hecho más.
  • Las distancias o las llamadas que nunca llegaron a hacerse.
  • Las visitas postergadas.
  • Los conflictos que quedaron abiertos.

Esa sensación puede reaparecer en fechas significativas o en visitas al cementerio, y el tiempo no siempre logra disolverla por completo. Cuando la muerte fue por suicidio, según describió De Sosa, la culpa adquiere otra dimensión, con preguntas sobre si había señales previas o si una intervención a tiempo habría cambiado el desenlace, preguntas que, dijo, difícilmente se silencian solas.

El resentimiento también puede quedar instalado hacia alguien que ya murió. Baños diferenció entre guardar un recuerdo con afecto y cargar con heridas vinculadas a conflictos familiares que no llegaron a resolverse. En ese marco, planteó que el perdón puede funcionar como una forma de soltar lo que afecta a quien sigue vivo, más que como un gesto hacia quien ya no está.

“Hay que dejar vivir la emoción de la tristeza, no suprimirla.”Yuli de Sosa, terapeuta familiar
EA
Esteban AlvaradoSociedad y vida cotidiana

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