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Cuando el acoso no se apaga: pediatras argentinos advierten que el bullying ya se mudó al celular y no deja respirar a los chicos

Un documento de la Sociedad Argentina de Pediatría advierte que las agresiones que nacen en el aula se prolongan ahora en grupos de WhatsApp, redes y videojuegos, y piden a familias, escuelas y equipos de salud que actúen de manera articulada.

Por Esteban AlvaradoSociedad y vida cotidiana · 4 de septiembre de 2026 · hace 1 h

La mañana se presenta gris sobre los techos de Buenos Aires, con esa luz opaca de invierno que no termina de arrancar y que a mí, particularmente, me invita a tomar un café bien cargado antes de ponerme a escribir. Pero hoy no hay tiempo para paños tibios: hay un tema que me llegó fuerte, de esos que uno lee y no puede dejar de pensar en los pibes de acá abajo, los que están terminando la primaria o arrancando la secundaria y cargan con situaciones que muchos adultos ni siquiera logramos dimensionar.

Es que la Sociedad Argentina de Pediatría acaba de publicar un documento durísimo, firmado por ocho de sus comités y subcomisiones, en el que describe un fenómeno que cualquier padre o madre con un hijo en edad escolar intuye pero pocas veces puede nombrar con precisión: el bullying y el ciberbullying se volvieron inseparables, como una sombra que persigue al chico del aula hasta la mesa de la cocina.

Del recreo al grupo de WhatsApp, sin pausa

La situación que me describió una docente del barrio de Belgrano, y que prefiero llamar por su nombre de pila para cuidar su fuente, grafica bastante lo que plantea el texto de los pediatras: una nena de once años viene llorando los martes desde hace meses porque un grupo de compañeros se burla de ella en el patio, pero el verdadero infierno se desata a la tarde, cuando esos mismos chicos arman una votación en una historia de Instagram para elegir a la más fea de la clase y ella se entera por las notificaciones del celular mientras intenta hacer la tarea.

“Antes, volver a casa podía ofrecer una pausa y un espacio de resguardo frente a estas situaciones de acoso. Con el acceso casi permanente al celular, ese límite se vuelve cada vez más difuso: los mensajes, las burlas o la exposición pueden llegar a cualquier hora y extender la situación más allá de la escuela, lo que amplifica su impacto y en consecuencia el daño.”Silvina Pedrouzo, presidenta de la Subcomisión de Tecnologías de la Información y la Comunicación de la SAP

El documento, que me parece valioso porque baja a tierra un problema que muchas veces queda en el terreno de la queja vaga, enumera una serie de formas concretas que adquiere el ciberbullying y que, créanme, a mí como adulto me dejaron pensando más de una vez en cómo era mi propia adolescencia sin teléfonos en el bolsillo.

Lo que me parece especialmente serio del texto es que no se queda en la denuncia ni en el pánico moral tan típico de estos temas, sino que marca una diferencia clave que a veces se pierde en las conversaciones de café: no toda pelea entre chicos es bullying. La entidad aclara que el acoso escolar requiere tres condiciones ineludibles, a saber: intención clara de causar daño, repetición sistemática en el tiempo y un desequilibrio de poder que le impida a quien lo sufre defenderse o ponerle punto final. Puede ser físico, como las patadas en el patio; verbal, con insultos y apodos; o relacional, que es esa forma silenciosa que muchos padres ni ven y que consiste en aislar, en dejar afuera, en hacer como si el otro no existiera.

Las consecuencias que describen los pediatras van desde lo más visible, como dolores físicos recurrentes y alteraciones del sueño, hasta lo más profundo, con cuadros de ansiedad, depresión y una retracción del chico que muchas veces se confunde con la típica pereza adolescente. La SAP insiste en que se trata de un problema grupal y que, por lo tanto, la solución no puede caer sobre los hombros del pibe que sufre, porque sino lo que terminamos haciendo es revictimizarlo. Y acá me parece que viene lo más humano del planteo, lo que a mí, como adulto y como vecino de esta ciudad siempre tan apurada, me interpela de lleno.

“El bullying es un fenómeno grupal y por eso la solución tampoco puede descansar exclusivamente en ellos. Están los compañeros que observan, los adultos responsables, las familias y la institución en la que ocurre. Lo que nunca debemos hacer es pedirle al chico que está siendo hostigado que resuelva solo el problema.”Documento de la Sociedad Argentina de Pediatría

Me quedo con esa idea, porque me parece la más urgente para llevarnos a casa: mientras escribo esto, del otro lado de la pantalla, hay un montón de pibes argentinos que esta noche van a prender el celular y van a encontrar otra vez el mensaje que les arruina la jornada, y por eso el documento de la SAP no apunta solamente a los chicos sino a un triángulo que tiene que funcionar de manera articulada, que son las familias, las escuelas y los equipos de salud, para que entre todos podamos tender una red que de una vez por todas les devuelva a esos pibes el derecho elemental de cerrar la puerta del cuarto y estar un rato en paz.

EA
Esteban AlvaradoSociedad y vida cotidiana

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