Comer como en el norte: qué dice el estudio sobre la dieta nórdica y por qué sirve pensarla en clave argentina
Un relevamiento sobre más de 64 mil adultos suecos asoció ese patrón alimentario con una mortalidad levemente menor. Especialistas recuerdan que las cifras son estimaciones estadísticas y que los efectos reales en cada persona dependen de muchos otros factores.
Salgo temprano, con esa luz gris de las mañanas frías que todavía parece de invierno aunque el calendario diga otra cosa. En la verdulería del barrio, mientras acomodo unas manzanas, me acuerdo de la conversación de ayer: una vecina de Belgrano, Marta, me decía que estaba cansada de leer sobre dietas de moda y que ella solo quería saber qué poner en la mesa sin romper el presupuesto. La novedad que llegó desde Suecia parece pensada, justamente, para gente como ella.
Un equipo de las universidades de Aarhus y Upsala publicó un análisis en el que siguió, durante 24 años, a 64.406 adultos suecos de mediana y avanzada edad. La idea fue comparar qué habría pasado si esas personas hubieran seguido distintos patrones de alimentación, entre ellos uno conocido como dieta nórdica saludable, basado en vegetales, legumbres, cereales integrales, pescado y grasas insaturadas.
Qué se puede comer y qué se conviene dejar de lado
- Más espacio para avena, panes integrales, centeno, legumbres, verduras de estación, frutas como manzanas y peras, bayas, coles, zanahorias y remolachas.
- Pescado como fuente principal de proteína animal, con frutos secos y aceites vegetales en cantidades moderadas.
- Menos carnes procesadas, productos ultraprocesados, bollería industrial, bebidas azucaradas y exceso de manteca u otras grasas saturadas.
El nombre suena exótico, pero la lógica no lo es tanto. Acá abajo, en cualquier provincia, se puede armar un menú parecido con productos de estación: lentejas, garbanzos, batata, zapallo, acelga, espinaca, peras, manzanas, nueces y, cuando entre al bolsillo, algo de pescado de río o de mar. La canola se puede reemplazar por aceite de girasol o de oliva, que son los más accesibles en las góndolas argentinas.
Los autores calcularon tres escenarios hipotéticos. En el más favorable, una adhesión estricta al patrón nórdico saludable se asoció con un riesgo de muerte por cualquier causa un 4 por ciento menor que el estimado bajo las Recomendaciones Nórdicas de Nutrición de 2023, y un 6 por ciento menor frente a no intervenir en la alimentación. La diferencia es estadísticamente significativa, aunque modesta en términos absolutos.
Acá viene el llamado de atención que también plantearon los propios investigadores: no se trata de un ensayo clínico en el que se asignó a personas a comer de determinada manera durante décadas. Los datos se reconstruyeron con modelos estadísticos que dependen de supuestos y de variables que a veces no se miden, como los hábitos de toda la vida o el nivel de ingresos. Por eso, los resultados sugieren una asociación, pero no prueban que esa dieta, por sí sola, alargue la vida.
El foco principal del trabajo eran las complicaciones hepáticas graves, y en ese terreno la señal no fue clara. Es decir: comer másvegetales y cereales integrales y menos ultraprocesados puede ayudar al hígado, pero este estudio no lo pudo demostrar con fuerza.
Qué queda entonces para el lector
Que un patrón de comidas basado en lo vegetal, con pescado y grasas de buena calidad, viene respaldado por años de evidencia internacional, y que en la Argentina se puede traducir sin grandes gastos ni ingredientes importados. Que las cifras suecas son una pista más, no una promesa. Y que, como me decía Marta mientras le pasaba el vuelto por encima del mostrador, a veces lo más sensato es volver a la cocina de la abuela, con lo que hay en la quinta y en la plaza del pueblo.
