Aftas en la boca: por qué aparecen, cómo aliviarlas y en qué momento conviene dejar de bancarse el dolor y llamar al profesional
Una herida chiquita, pero molesta, puede ser mucho más que una simple llaga. Cuáles son las señales de alerta, qué dicen los Institutos de referencia y por qué un control a tiempo puede ahorrar varios dolores de cabeza.
Amaneció gris en la ciudad, con esa luz plomiza de mediados de junio que no termina de decidirse entre la llovizna y la neblina. Mientras el termómetro se peleaba con el resto del día, en la cola del kiosco de la esquina una señora le contaba a otra que llevaba más de diez días con una llaga en la encía que no la dejaba comer ni tomar el mate de las siete. "Y yo le digo, Mirta, ¿pero fuiste al dentista?", le preguntó la del kiosco. "Todavía no, me da fiaca", respondió. La escena, que parece menor, resume mejor que cualquier manual cuándo una afta deja de ser una molestia pasajera y se convierte en un motivo real de consulta: cuando no se va, cuando vuelve, cuando se agranda o cuando se siente más de lo que el cuerpo tolera en silencio.
Las aftas, esas heridas dolorosas que aparecen en la cara interna de los labios, las mejillas o la lengua, son muchísimo más comunes de lo que uno imagina. La literatura médica calcula que cerca de una cuarta parte de la población las sufre alguna vez en la vida, según datos del Instituto Nacional de Investigación Dental y Craneofacial de Estados Unidos. No son contagiosas ni responden a un virus: se las conoce como aftas recurrentes justamente porque tienden a aparecer y desaparecer a lo largo de los años. En la enorme mayoría de los casos, una afta sola se cura sola en una o dos semanas sin necesidad de tratamiento.
Por qué aparecen y qué las empeora
Ahora bien, ¿de dónde salen? Acá abajo, en cualquier barrio, la gente suele atribuirlas al estrés, a la comida pesada o al mate caliente. Y no anda tan errada: la Clínica Mayo enumera entre los desencadenantes más frecuentes las mordeduras accidentales, el cepillado demasiado enérgico, el roce de los aparatos de ortodoncia o de una prótesis mal ajustada, y hasta los bordes filosos de una muela rota. Los alimentos ácidos, picantes o salados también irritan la zona y alargan las molestias. Identificar cuál de esos factores está operando, y corregirlo, es la primera medida concreta para que el problema no se haga crónico.
Cuando la lesión es leve, el tratamiento apunta a dos cosas bastante concretas: bajar el dolor y ayudar a que cierre más rápido. El instituto estadounidense menciona que para los cuadros leves alcanza con geles de venta libre y enjuagues antisépticos, que en general alivian sin demasiadas vueltas. Eso sí: ningún tratamiento de los disponibles garantiza que la afta no vuelva a aparecer. La recurrencia, justamente, es parte del cuadro.
Cuándo dejar de esperar y consultar
- Cuando la llaga dura más de dos semanas sin mostrar signos de mejoría.
- Si reaparece con frecuencia, varias veces al año o casi todos los meses.
- Cuando la lesión es inusualmente grande o se extiende hacia zonas nuevas.
- Si surge una nueva afta antes de que termine de cicatrizar la anterior.
- Si el dolor no se controla, impide comer, beber o hablar con normalidad.
- Cuando la llaga viene acompañada de fiebre, decaimiento o malestar general.
A esa lista se suma un dato que muchos lectores van a querer anotar: las aftas que se repiten con regularidad pueden estar asociadas a niveles bajos de hierro, zinc, ácido fólico o vitamina B12, siempre según la Clínica Mayo. Eso no quiere decir que cualquier persona con llagas frecuentes tenga automáticamente un déficit ni que deba lanzarse a tomar suplementos por cuenta propia; significa que el profesional evaluará, mirando la historia clínica y los síntomas, si corresponde pedir un análisis de sangre. Una revisión publicada en el repositorio científico PMC, además, advierte que antes de etiquetar las lesiones como aftas recurrentes hay que descartar otras causas posibles, sobre todo en presencia de síntomas que aparecen tanto dentro como fuera de la boca.
Qué hacer mientras tanto
Mientras se llega a la consulta, o si la llaga es de las que se resuelven solas, hay algunas recomendaciones básicas que los profesionales repiten hasta el cansancio: evitar los alimentos muy condimentados, ácidos o salados, mantener la higiene bucal sin frotar la zona afectada, y prestar atención a la causa mecánica, sea un alambre de ortodoncia que pincha o una muela con un filo sospechoso. Corregir eso, en muchos casos, alcanza para que la molestia no se repita.
Una llaga ocasional, aclaremos, no es motivo de alarma. Pero una llaga que no se va, que vuelve cada dos por tres, que se agranda o que aparece junto con fiebre ya dejó de ser una simple molestia: es una señal concreta de que algo hay que revisar. Como me dijo una dentista de Mataderos a la que consulté para esta nota, mientras acomodaba una bandeja de instrumental en su consultorio de la calle Alberdi: "No le tengan miedo a la afta, pero tampoco le den la espalda cuando empieza a pasar los límites normales". Acá abajo, en cualquier barrio, la advertencia sirve igual.
