Tu canción favorita en el momento justo: así baja el dolor cuando te clavan una aguja en el hospital
Un estudio en Zúrich comprobó que la música que cada uno elige reduce el malestar de una vía intravenosa. La música genérica, en cambio, no mueve el amperímetro del dolor.
La mañana del otro día, en esta ciudad gris que todavía se está sacudiendo la modorra del invierno, me crucé en el colectivo con Graciela, de Lanús, y me dijo algo que se me quedó dando vueltas: "A mí, cuando me tienen que pinchar, lo único que me calma es cantar bajito la canción que estaba escuchando cuando conocí a mi marido". Lo que Graciela cuenta sin saberlo es exactamente lo que acaba de confirmar un equipo de investigadores suizos: que la música que uno elige, la de verdad, la de cada uno, sirve para que una aguja duela menos. Y lo que también confirma es algo que muchos intuíamos: que la música genérica, esa que ponen en los ascensores y en las salas de espera, no sirve casi para nada en esos momentos.
Lo que probaron con más de doscientos pacientes
En el Hospital Universitario de Zúrich, un grupo de profesionales tomó a 219 personas que tenían que recibir una inyección de contraste intravenoso antes de hacerse una resonancia magnética, que es uno de los pinchazos más rutinarios que existen en cualquier centro de salud. A los voluntarios los repartieron al azar en cuatro grupos: a unos no les pusieron nada, a otros les hicieron escuchar la canción o el artista que ellos eligieron como favorito, a un tercer grupo le pasaron a Mozart, y al cuarto le ofrecieron lo que se llama música de relajación, esa de sonidos tibios y sin estridencias que tanto se usa en spas y en apps de meditación.
Lo importante es cómo midieron el dolor. Cada paciente lo calificó en una escala del uno al diez en cuatro momentos: antes de la punción, en el momento mismo en que entraba la aguja, a los treinta segundos de que la aguja salía, y otra vez a los dos minutos. Los resultados, que se acaban de publicar en la revista Frontiers in Pain Research, fueron bastante claros y por eso dan ganas de contarlos con detalle.
“La música favorita manifestó un efecto significativo de reducción del dolor tanto en pacientes con como sin dolor basal.”Meritxell Garcia Alzamora, consultora senior en radiología del Hospital Universitario de Zúrich
La explicación de por qué la música de relajación no funcionó también la dio la propia doctora Garcia Alzamora, y la traduzco con mis palabras de acá abajo, porque me parece que es la clave de todo: ese tipo de música suele ir a un ritmo lento, con poco volumen y con muy pocas variaciones, de modo que el cerebro termina ignorándola. En cambio, una canción que uno quiere de verdad, algo que tiene letra, que uno tararea, que uno asocia con alguien o con un momento, mantiene a la cabeza ocupada de otra cosa mientras la aguja hace lo suyo.
Qué falta investigar y por qué importa
El estudio tiene un límite que los propios autores reconocen y que vale la pena mencionar para no vender humo. El doctor Andrei-Cristinel Dragnea, residente en radiología diagnóstica e intervencionista del mismo hospital, aclaró que la investigación se hizo nada más que con punciones de corta duración, que son las que se usan para poner una vía o inyectar un contraste. Todavía no está probado que la música sirva igual cuando el pinchazo se estira, cuando la aguja es más gruesa o cuando el procedimiento es más invasivo. Además, los autores proponen comparar en un próximo estudio el efecto de la música con el de algo todavía más sencillo: una persona que esté al lado del paciente conversando mientras se hace el procedimiento, porque no se descarta que la sola compañía humana ya tenga un efecto tranquilizador en sí misma.
Más allá de lo que falta, lo que ya se sabe es suficiente como para que cualquier sala de espera, cualquier consultorio, cualquier guardia empiece a pensarlo dos veces antes de poner un canal de noticias o una radio con música genérica en el momento en que a alguien le van a clavar una aguja. La herramienta está al alcance de la mano, no cuesta un peso, y lo único que pide es que alguien le pregunte al paciente qué le gustaría escuchar. A veces las soluciones más simples son las que durante años tuvimos a la vuelta de la oreja y nadie se molestó en ponerlas a prueba. Como me terminó diciendo Graciela, esa mañana, antes de bajarse en su parada: "Mire, yo no entiendo de estudios suizos, pero le juro que si no tarareo algo mientras me pinchan, me descompongo". Y la verdad, doña Graciela, la ciencia esta vez le terminó dando la razón.
