Músculos, huesos y el reloj que empieza a correr después de los 35
La cirujana ortopédica Vonda Wright propone una rutina que combina fuerza, impacto, movilidad y descanso para sostener la autonomía en la mediana edad, cuando el cuerpo cambia aunque la balanza no lo registre.
Amaneció con esa claridad que solo aparece en las mañanas de mayo, cuando la luz entra baja y se posa sobre las baldosas del patio como si tuviera paciencia. En la vereda de siempre, mientras esperaba el café, escuché a Miriam, del barrio de Villa del Parque, repetir una frase que se volvió un clásico entre quienes ya pasaron los cuarenta: 'no engordo, pero tampoco me entran los jeans de antes'. La escena parece menor y sin embargo condensa algo que la ciencia viene subrayando con cada vez más fuerza: el cuerpo cambia aunque el peso no se mueva. Sobre esa idea trabaja la cirujana ortopédica Vonda Wright, que en una reciente exposición explicó cómo cuidar músculos y huesos en la franja que va de los 35 a los 45 años, una etapa que ella considera bisagra y que muchos atraviesan sin demasiada información.
Más allá del número en la balanza
Acá abajo, en estas latitudes, suele pensarse que mantener el peso equivale a mantener la salud. Wright aclaró que eso es un error. La proporción entre músculo y grasa puede modificarse sin que se altere el total que marca la balanza, lo que significa que se puede perder fuerza y ganar grasa aun cuando los números parecen estables. Por eso, dijo, hay que mirar la composición corporal y no quedarse en el registro cotidiano del baño. Su planteo apunta a construir masa muscular como forma de sostener el metabolismo y la funcionalidad, no como un objetivo estético.
Para eso, la especialista sugirió reservar al menos dos sesiones semanales al trabajo de fuerza. Mencionó ejercicios como sentadillas, peso muerto y movimientos de empuje y tracción, que involucran varias articulaciones al mismo tiempo. Recomendó cargas altas y series de pocas repeticiones, una lógica que apunta a estimular el músculo de manera intensa y controlada, en lugar de pasar horas con pesos livianos.
Huesos que necesitan estímulo
En la misma línea, Wright recordó que la densidad ósea alcanza su pico cerca de los 30 años y que, a partir de ahí, necesita señales para mantenerse. Contó que actividades con impacto, como correr, saltar o subir escaleras, son algunas de las formas en que el cuerpo le comunica al hueso que debe conservarse denso y resistente. También hizo foco en la alimentación, donde señaló la importancia de sumar proteínas, vitamina D, magnesio y otros minerales que forman parte de la estructura ósea y de la función muscular.
Moverse todos los días, no solo cuando hay tiempo
Además de la fuerza, la médica incluyó la movilidad, el equilibrio y la agilidad como habilidades básicas para la vida diaria. Proponemos dedicarles unos minutos cada día, con trabajos de movilidad articular y ejercicios suaves como yoga, pilates o tai chi, siempre dentro de las posibilidades de cada persona. También sugirió sumar tareas de agilidad que ayudan a reducir el riesgo de caídas, un punto que suele subestimarse en la mediana edad pero que después pesa, y mucho, en la autonomía de los años posteriores.
- Fuerza: al menos dos sesiones semanales con ejercicios multiarticulares y cargas altas.
- Impacto: correr, saltar o subir escaleras para estimular los huesos.
- Movilidad: práctica diaria para mantener articulaciones funcionales.
- Equilibrio y agilidad: ejercicios específicos para reducir el riesgo de caídas.
- Aeróbico: distribución aproximada de 80% suave y 20% intenso, sin abusar de los esfuerzos elevados.
- Descanso: horarios regulares para acostarse y levantarse, varias horas entre la última comida y la cama, y moderación con el alcohol por su efecto sobre el sueño profundo.
Aeróbico con cabeza y descanso con criterio
Sobre el trabajo aeróbico, Wright fue clara: la mayor parte del tiempo la actividad debería ser suave, y solo una porción menor debería ser intensa. Advirtió que los esfuerzos breves y repetidos con alta exigencia pueden terminar abriendo la puerta a lesiones en lugar de mejorar la capacidad. En el otro extremo de la rutina, insistió en algo que muchos dejan para último momento: el sueño. Recomendó acostarse y levantarse en horarios estables, dejar pasar varias horas entre la última comida y el momento de ir a la cama, y reducir el consumo de alcohol por su impacto en el sueño profundo.
En la conversación con sus colegas, Wright dejó una idea que funcionó como síntesis y que vale la pena repetir acá, en la calle, entre mates: los hábitos que se sostienen en estas décadas son los que después permiten seguir subiendo las escaleras, levantarse del piso con un nieto o caminar por la rambla sin pensarlo. El cuerpo cambia, claro que cambia, y por eso mismo conviene empezar antes de que el cambio se note demasiado.
