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Sábado, 17 de octubre de 2026
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Sentirse solo pasa la cuenta: cinco años y medio menos de salud mental en los hombres

Un estudio con más de doscientos setenta mil participantes del Biobanco del Reino Unido encontró que la soledad y el aislamiento social se asocian con menos años de vida libre de enfermedades, y que los hábitos saludables alcanzan para amortiguar lo segundo, pero no lo primero.

Por Esteban AlvaradoSociedad y vida cotidiana · · hace 20 d
Sentirse solo pasa la cuenta: cinco años y medio menos de salud mental en los hombres

La mañana arrancó con esa luz fina y un poco desteñida que se mete por los ventanales cuando todavía no hace frío ni calor, apenas esa tibieza de estar a salvo. En la redacción me pasó un cable desde Londres y me puse a leerlo despacio, porque el tema lo merece. Un equipo internacional, con base en la Universidad de Tulane, publicó los resultados de un trabajo que siguió durante años a más de doscientos setenta mil voluntarios del Biobanco del Reino Unido, todos con entre cuarenta y sesenta y nueve años, y todos, al momento de empezar, libres de siete enfermedades crónicas que se usan como mojones: diabetes, problemas cardíacos, males pulmonares, demencia, cáncer, depresión y ansiedad. La idea fue simple de explicar aunque enorme en números: ver cuántos años de vida sana les quedaban por delante a unos y a otros, y cruzarlos con dos variables que a veces se confunden pero no son lo mismo. Ahí aparece la primera enseñanza, y es la que me parece más interesante para los lectores de acá abajo.

No es lo mismo estar solo que sentirse solo

El aislamiento social se mide de manera bastante concreta: cuánta gente te rodea, con qué frecuencia hablás, si participás de actividades con otros. La soledad, en cambio, es otra cosa. Es la sensación de que los vínculos no te alcanzan, de que estás en una mesa llena pero nadie te pregunta cómo te fue en el día. Los autores del trabajo insisten en separarlas porque, como se vio después, su impacto en la salud tampoco se comporta igual. Hay gente con pocos contactos que no se siente sola, y gente muy acompañada que igual carga con un vacío difícil de nombrar.

Cuando el equipo puso los números sobre la mesa, el panorama fue bastante elocuente. Entre las mujeres, la convivencia de soledad y aislamiento social se asoció con dos coma cuatro años menos de vida sin problemas físicos y tres coma siete años menos de vida sin trastornos mentales, tomando los cincuenta años como punto de partida. Entre los hombres, las cifras dieron uno coma siete años menos en lo físico y cinco coma ocho menos en salud mental. La brecha más grande, vale la pena subrayarlo, fue la de los varones en el terreno de la depresión y la ansiedad, y se explica, según los investigadores, por una suma de factores que incluyen cómo se busca ayuda, cómo se procesa el malestar y qué lugar ocupa la palabra pedir a tiempo en la cultura masculina.

“Los hallazgos abarcan tanto la salud física como la mental, y la magnitud del efecto, sobre todo en lo psicológico, es lo que más nos sorprendió.”Lu Qi, investigador principal del estudio

Comer bien, moverse y dormir: alcanza para una cosa, no para la otra

El segundo hallazgo que me dejó pensando es el de los hábitos. Cuando los investigadores observaron a quienes comían de forma saludable, hacían actividad física, dormían bien y no fumaban, vieron que esas prácticas amortiguaban en parte los años de vida sana que se pierden por estar poco con otros. Frente a la soledad, en cambio, el efecto de los buenos hábitos fue casi nulo: las personas que se sentían solas seguían corriendo riesgos similares en salud mental, por más ordenada que tuvieran la rutina. La moraleja, me parece, es que el cuerpo se cuida con rutinas, pero la cabeza se cuida con vínculos, y cuando esos vínculos no existen o no se sienten como propios, no hay ensalada ni caminata que compense.

El comunicado de Tulane, difundido el veintidós de septiembre, aclara un punto importante para no malinterpretar las cifras. Lo que se compara son años libres de las enfermedades estudiadas, no años de vida perdidos en términos absolutos. Es una distinción técnica que cambia el tono del titular: nadie está diciendo que la soledad reste cinco años exactos del calendario, sino que reduce el tramo en el que una persona puede esperar vivir sin diabetes, sin depresión, sin un evento cardíaco o sin un diagnóstico oncológico. Es una diferencia sutil pero relevante, sobre todo cuando la nota va a aterrizar en casas donde el tema se lee con el corazón y no solo con el razonamiento.

La cuenta pendiente que dejó abierta la investigación

El propio equipo reconoce que la cohorte del Biobanco del Reino Unido es predominantemente blanca y de mediana edad, lo que limita hasta dónde se pueden extrapolar los resultados a otras poblaciones. También señala que no se trata de un experimento controlado, sino de un seguimiento observacional, así que las asociaciones no prueban causa y efecto de manera tajante. Lo que queda claro, y por eso me parece una nota que vale la pena publicar, es que la salud mental, la salud física y la vida comunitaria no viajan en compartimentos separados. Sentirse parte de algo, de alguien, de una conversación, aparece en las estadísticas como un predictor consistente de cuántos años sin enfermedades le quedan a una persona. El resto, lo que cada uno haga con esa información, es otra historia.

Antes de cerrar me escribí con Marta, que vive en Boedo y va todos los jueves a un taller de tejido en el centro de la ciudad. Me dijo algo que me parece justo dejarlo como cierre: no vine al taller por las manualidades, vine porque acá me escuchan, y eso a mi edad no se compra en ningún lado. Tiene razón, y los números, esta vez, le dan la derecha.

EA
Esteban AlvaradoSociedad y vida cotidiana

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