Baño de bosque: la práctica japonesa que invita a caminar sin reloj entre los árboles
El shinrin-yoku nació en 1982 como respuesta al estrés laboral en Japón y propone caminatas lentas por entornos forestados. Qué dice la ciencia sobre sus efectos y por qué no hace falta un bosque lejano para empezar.
Amaneció con esa bruma finita que se pega a la cara cuando todavía no salió el sol, de esas mañanas en las que el aire parece lavado y el barrio todavía está desperezándose. En la plaza del lado de casa, un ginkgo gigante tira sombras largas sobre las veredas y, si uno se deja estar, hasta se escuchan las hojas moverse con el viento. Es el tipo de lugar al que uno va corriendo, siempre mirando el reloj, siempre pendiente del teléfono. Pero hoy la idea es otra: caminar sin reloj, sin audífonos, sin la urgencia esa de llegar a algún lado.
De eso se trata el shinrin-yoku, una práctica que nació en Japón en 1982, en plena expansión industrial, cuando el estrés laboral crónico ya era un problema de salud pública. El gobierno de aquel país buscaba la manera de que la gente volviera a meterse en los bosques, y la receta fue bastante simple: caminar lento, prestando atención a lo que se ve, se escucha, se huele y se respira. Nada más. Ni cronómetro, ni cuenta de kilómetros, ni metas deportivas.
Lo que midió la ciencia
Con el paso de las décadas, distintos equipos de investigación se pusieron a estudiar qué le pasa al cuerpo durante esas caminatas. Lo que más se repite en los trabajos es una baja en los indicadores fisiológicos del estrés, sobre todo el cortisol, y cambios favorables en la frecuencia cardíaca y en la actividad del sistema nervioso simpático, que es el que se encarga de la respuesta de alerta. También se miró si los fitoncidas, esos compuestos volátiles que liberan los árboles, podían tener algún efecto sobre el sistema inmunológico, aunque por ahora esa línea no permite sacar conclusiones definitivas.
“El entorno forestal no impone la misma vigilancia que la ciudad, y eso le saca un peso de encima al sistema nervioso.”Lectura de los estudios revisados
Una de las hipótesis que manejan los investigadores tiene que ver con la sobrecarga de atención del día a día: notificaciones, pantallas, decisiones y estímulos que nos piden respuesta todo el tiempo. El bosque no exige nada de eso. Sin esa presión permanente, la cabeza pasa de un modo reactivo a uno más calmo, y mucha gente sale de esas caminatas con una sensación rara de claridad mental, como si se le hubiera ordenado un poco el pensamiento.
No hace falta un bosque lejano
- Buscá un espacio verde con árboles, por más chico que sea: una plaza, una rambla, un parque de barrio.
- Dejá el teléfono en silencio y, si podés, guardalo en el bolso o en el bolsillo.
- Caminá lento, sin contar pasos ni medir tiempos.
- Prestá atención a los sonidos, los olores, la luz filtrada entre las hojas y la textura del piso bajo los pies.
- Empezá con treinta minutos y estiralo si te sentís a gusto.
Roberto Mansilla, que hace casi veinte años vive en Belgrano y todas las tardes pasa por la plaza antes de volver a su casa, me lo resumió con una frase que parece escrita para esta nota: "Yo no sé de dónde vienen los japoneses con esto, pero te juro que después de caminar un rato entre los jacarandás, uno vuelve como nuevo, como si le bajaran un interruptor". Y en el fondo, eso es lo que cuenta la evidencia: que el sistema nervioso responde al ambiente en el que funciona, no solo a las técnicas o a las decisiones conscientes. Durante casi toda la historia humana, ese ambiente fue natural. La vida urbana, en cambio, es bastante nueva. Por eso, acá abajo, donde sea que haya un árbol grande y un rato libre, ya alcanza para empezar.
