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Sábado, 17 de octubre de 2026
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Histamina: la sustancia que puede estar detrás de migrañas, panza hinchada y noches sin descanso

El médico genetista Jorge Dotto explica cómo funciona esta molécula que el cuerpo produce y que también llega con los alimentos, y por qué entender su lógica ayuda a leer señales que suelen verse por separado.

Por Esteban AlvaradoSociedad y vida cotidiana · · hace 3 d
Histamina: la sustancia que puede estar detrás de migrañas, panza hinchada y noches sin descanso

Acá abajo, en esta provincia donde el termómetro suele ser la primera conversación del día, amaneció con esa bruma finita que se pega a la cara y un sol apenas dibujado entre las nubes. Es el tipo de mañana que invita a tomarse un café despacio y leer con tiempo lo que el cuerpo viene diciendo hace rato y uno, distraído, no termina de escuchar. Hace un rato largo, en serio. Y a veces los mensajes están ahí, claritos, sólo que nos acostumbramos tanto a convivir con ellos que ya ni los vemos. Eso es lo que me quedó dando vueltas después de leer con calma la explicación del médico genetista Jorge Dotto sobre una sustancia que, por lo que se ve, tiene más protagonismo del que uno imagina: la histamina.

Porque la histamina no es ajena ni exótica. Es una molécula que fabrica el propio cuerpo y que también entra con cada bocado. Cumple funciones en el estado de vigilia, en el apetito, en la saciedad, en tareas cognitivas, en la producción de ácido en el estómago, en los movimientos intestinales y hasta en la regulación del corazón. Cuando el sistema inmune detecta una amenaza, se activa y aparecen las reacciones alérgicas clásicas: picazón, sarpullido, estornudos. Hasta acá, nada demasiado misterioso.

El vaso que se va llenando

Lo interesante, y lo que a mí me hizo cambiar varias veces de posición en la silla, es la explicación que da Dotto para graficar qué pasa cuando esa histamina se acumula más de lo que el cuerpo puede procesar. El cuerpo señala que imaginemos un vaso. Vamos acumulando, acumulando, acumulando, y llega un punto en que rebalsa: explota, porque no se puede sacar el tapón.

Y acá viene lo que a mí, personalmente, me resultó más cotidiano. Lo que llena ese vaso no es sólo lo que se almuerza. También cuenta el estrés de cada día, el ejercicio muy intenso y los cambios hormonales. Mientras el vaso no rebalsa, no pasa nada o casi nada. Cuando se llena, aparecen migrañas, panza hinchada, noches en las que el sueño no llega o se corta, una ansiedad que no se explica. Síntomas que, mirados uno por uno, parecen no tener nada que ver entre sí.

  • Quesos curados y embutidos: clásicos de la mesa de los domingos, con alta carga de histamina.
  • Vino tinto y chocolate: dos placeres que, en algunas personas, pueden disparar síntomas.
  • Tomate, palta y pescado: depende de la cantidad y de la persona; el tomate cherry puede tolerarse y el común, no.
  • Estrés sostenido y ejercicio muy intenso: factores que suman al vaso aunque no se coman.
  • Variaciones hormonales, sobre todo en mujeres: otra variable que modifica el cuadro.

Me detengo especialmente acá en este punto porque me parece de los más subestimados del día a día. La dosis importa tanto como el alimento: una misma persona puede tolerar el tomate cherry y reaccionar al tomate común. Por eso insisto en que cada cuerpo tiene su propio manual de instrucciones, y no todos reaccionamos de la misma manera a las mismas sustancias químicas.

Por qué aparece en toda la familia

Hay algo que cuenta Jorge que, si uno mira alrededor, reconoce enseguida. En muchas familias hay un patrón que nadie termina de unir: uno tiene migrañas frecuentes, otro vive con la panza hinchada, alguien duerme mal y una hija tuvo problemas respiratorios de chica. Síntomas distintos, una misma mesa, un mismo árbol genealógico. Y acá entra la parte que a mí, como lector, más me abrió la cabeza: cada persona hereda información que determina cómo procesa ciertas sustancias, y la forma en que eso se expresa varía. Que aparezcan intolerancias en una misma familia es lo esperable, no la excepción.

Dotto menciona el caso de dos hermanas gemelas con síntomas distintos a pesar de compartir casi el mismo ADN. La diferencia estaba en lo que cada una comía y en factores del entorno. Mismo punto de partida, dos caminos diferentes. Es una imagen que, me parece, sirve para mucho más que para la histamina: sirve para recordar que somos una combinación de genética, hábitos y circunstancias, y que pretender que dos personas reaccionen igual a lo mismo es, en el fondo, una ingenuidad.

Hormonas, sueño y lo que falta leer

En las mujeres, la cosa suma otra vuelta de tuerca. La relación entre estrógenos e histamina puede hacer que ciertos síntomas cambien a lo largo del ciclo menstrual, y que lo que un día se tolera bien, otro día se convierta en un dolor de cabeza imposible. No es capricho, no es exageración: es biología conversando con biología.

La radiografía, si me permiten la insistencia, es bastante clara. La histamina no aparece de la nada. El cuerpo la produce, los alimentos la suman, el estrés la empuja y las hormonas la modifican. Cuando el conjunto supera lo que cada organismo puede procesar, saltan las señales. Y a veces esas señales nos hablan de una sola cosa: que hace tiempo el vaso está por rebalsar.

“Que aparezcan intolerancias en una misma familia es lo esperable, no la excepción.”Jorge Dotto, médico genetista
EA
Esteban AlvaradoSociedad y vida cotidiana

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