Cuando el intestino pide variedad: las pequeñas decisiones cotidianas que pesan más de lo que parecen
Una especialista en nutrición clínica sostiene que la monotonía en el plato, el uso innecesario de antibióticos y el estrés sostenido pueden alterar la microbiota. Comer diverso, moverse y consultar a tiempo aparece como la combinación más razonable para quienes arrastran molestias digestivas que se repiten.
La mañana se levantó gris en Buenos Aires, con esa luz plana de invierno que entra por los balcones sin calentar demasiado, y la conversación con la nutricionista Marcie Vaske empezó, como empiezan muchas cosas en estos días, por una pregunta simple: por qué hay gente que convive durante años con la panza inflamada, los gases a cualquier hora o el reflujo que aparece apenas uno se acuesta, y lo toma como algo normal. Acá abajo, en la provincia, la consulta suena parecido en cualquier barrio: un compañero de oficina en Morón me contaba la semana pasada que ya se acostumbró a vivir con la tripa hinchada después de almorzar, y una vecina de San Isidro, a la que llamaremos Laura, repite casi en automático que tiene el estómago delicado desde chica, como si eso bastara para explicarlo. Vaske, desde su consultorio, lo dice con más cuidado: esas molestias, cuando se sostienen en el tiempo, no son un rasgo de personalidad sino una señal de que algo merece ser evaluado por un profesional.
El problema de comer siempre lo mismo
La especialista, citada por el material de base, advierte que detrás de la hinchazón recurrente, los cambios de ritmo en las evacuaciones o el reflujo que no se va pueden esconderse intolerancias, enfermedades digestivas no diagnosticadas o alteraciones de la microbiota, esa comunidad enorme de bacterias, virus y hongos que vive en el tubo digestivo y que participa de la digestión, de las defensas y hasta de la forma en que el cuerpo obtiene energía de los alimentos. El punto central que ella señala es que la variedad de la alimentación es una de las claves más concretas del cuidado cotidiano, porque la fibra que llega al intestino no es solo un aporte mecánico sino un alimento para parte de esos microorganismos, y se consigue cuando en el plato aparecen con regularidad frutas, verduras, legumbres, frutos secos y cereales integrales, los mismos grupos que la Organización Mundial de la Salud recomienda combinar para llegar a un consumo diario de, como mínimo, 400 gramos de frutas y verduras.
Lo que suele pasar, y acá la dietista Jenna Volpe pone el dedo en la llaga, es que cuando el menú se vuelve repetitivo y empiezan a predominar los ultraprocesados, esa diversidad se pierde y la microbiota empieza a modificarse, con procesos inflamatorios que pueden aparecer como consecuencia, y eso no quiere decir que un paquete de galletitas de tanto en tanto vaya a arruinar el intestino, pero sí que sostener en el tiempo un patrón con poca fruta, poca verdura, pocas legumbres y mucho producto industrial termina pasando factura, y los alimentos fermentados que a veces aparecen como solución mágica pueden sumar a una dieta variada, pero incorporarlos no sustituye la consulta cuando las molestias se repiten, porque una recomendación general no alcanza para resolver lo que le pasa a cada uno.
Antibióticos, estrés y movimiento, los otros tres hilos
El Instituto Nacional de Ciencias de la Salud Ambiental de Estados Unidos identifica a la alimentación y a los medicamentos entre los factores que pueden modificar la composición de la microbiota, y ahí aparece un tema que en la conversación diaria se da por sentado: los antibióticos son necesarios frente a infecciones bacterianas cuando están indicados, pero su uso innecesario puede afectar a microorganismos beneficiosos, por eso la recomendación sanitaria es tomarlos siempre con prescripción médica y completar el tratamiento tal como fue indicado, sin acortarlo ni estirarlo por cuenta propia. A eso se suma lo que explica la gastroenteróloga Asma Khapra, que el estrés sostenido puede alterar los movimientos que desplazan el contenido del tubo digestivo y aumentar la sensibilidad intestinal, algo que cualquiera que haya tenido una semana brava en el trabajo reconoce aunque sea de oído, porque el cuerpo muchas veces avisa por la tripa antes que por la cabeza. Y como el movimiento corporal también entra en la ecuación, para adultos la OMS sugiere entre 150 y 300 minutos semanales de actividad física, una cifra que no exige convertirse en atleta sino entender que caminar, moverse en bicicleta o subir escaleras con regularidad es parte del mismo paquete de cuidado que la fibra y el descanso.
- Diversificar el plato con frutas, verduras, legumbres, frutos secos y cereales integrales, y llegar a los 400 gramos diarios de frutas y verduras que recomienda la OMS.
- Evitar patrones repetitivos con predominio de ultraprocesados, que pueden modificar la microbiota y favorecer procesos inflamatorios.
- Usar antibióticos solo con prescripción médica y completar el tratamiento, para no afectar microorganismos beneficiosos.
- Considerar al estrés como un factor que puede alterar la motilidad y la sensibilidad intestinal, y no como algo meramente emocional.
- Sumar entre 150 y 300 minutos semanales de actividad física, según la recomendación de la OMS para adultos.
- Consultar a un profesional cuando las molestias se repiten, porque una recomendación general no reemplaza la evaluación individual.
“Cuando se sostienen en el tiempo, esas molestias no son un rasgo de personalidad sino una señal de que algo merece ser evaluado por un profesional.”Marcie Vaske, especialista en nutrición clínica
