Cuando el cuerpo pide lo que la cabeza no resuelve: la cruzada de una psicóloga para sumar la nutrición al mapa de la salud mental
Kimberley Wilson propone que cada consulta por fatiga, apatía o ánimo bajo abra la puerta también a la mesa, el descanso y el movimiento, sin descartar terapia ni medicación cuando hacen falta.
La mañana arrancó con esa luz gris que se estaciona sobre los techos del conurbano y no se decide a irse hasta bien entrado el mediodía, una luz que de algún modo acompaña el tema que me ocupa hoy: el cruce cada vez más necesario entre lo que comemos y cómo nos sentimos. Acá abajo, en la provincia, todavía son muchas las consultas que empiezan con un "estoy cansada y no sé por qué" y terminan, después de meses, en un diagnóstico que a veces se hubiera acelerado con una simple pregunta más: ¿cómo te alimentás? La psicóloga británica Kimberley Wilson viene planteando hace rato que ese interrogante no puede faltar en el consultorio cuando alguien llega con el ánimo por el piso, la cabeza en la nube o las piernas de trapo.
La idea central que viene difundiendo Wilson es bastante directa: si alguien consulta por fatiga persistente, por problemas para concentrarse, por una apatía que ya se volvió paisaje, la evaluación no puede quedarse solamente en la historia clínica y en las situaciones de estrés. Hay que preguntar, también, qué se lleva al plato y cómo se descansa. La propuesta no reemplaza a la psicoterapia ni a los medicamentos, sino que los integra en un rompecabezas más amplio, donde cada pieza (alimentación, sueño, movimiento, vínculos, trabajo) tiene algo para decir sobre lo que le está pasando a esa persona en particular.
Una a una, las piezas del rompecabezas
- Vitamina B3 y B12, zinc, selenio y omega-3 aparecen en la lista de nutrientes que Wilson señala como relevantes para que el cerebro funcione como debería.
- Pescados azules como sardina, salmón y caballa suman puntos por su aporte de omega-3, con al menos una porción semanal como meta razonable.
- En dietas vegetarianas o veganas la sugerencia es sentarse a charlar con un profesional de salud para evaluar suplementación, en lugar de improvisar.
- Sueño, sedentarismo, consumo de sustancias, conflictos personales y estrés laboral completan el menú de variables a revisar antes de decidir un tratamiento.
La especialista aclara, eso sí, un punto que me parece clave para no caer en simplismos: que falte una vitamina o un mineral no quiere decir, por sí solo, que haya un trastorno mental. Puede agravar el cansancio, la irritabilidad, el bajo estado de ánimo, pero la explicación completa suele ser más grande que un análisis de laboratorio. Por eso habla de investigar, no de concluir a la ligera. Y advierte que los cambios de hábitos, cuando empiezan a hacer efecto, demoran meses en notarse, algo que a los cuarenta o a los cincuenta, con la paciencia un poco gastada, cuesta sostener.
Hay un dato del recorrido de Wilson que me llamó la atención y que creo que vale la pena traer a esta nota: su interés por la relación entre comida y emociones se afianzó mientras trabajó en la prisión de mujeres de Holloway, en Londres. Ahí, cuenta, empezó a observar con nombre y apellido las dificultades de regulación emocional que aparecían pegadas a carencias alimentarias concretas. También menciona ensayos clínicos aleatorizados realizados en cárceles, donde la administración de ciertos micronutrientes se asoció con una baja de los episodios violentos. La propia psicóloga se encarga de aclarar que esa asociación no permite reducir la conducta de una persona a lo que come, pero sí suma una pieza más al debate sobre cómo se aborda el sufrimiento psíquico, sobre todo en contextos donde la palabra terapia suena lejana.
“La insuficiencia de un nutriente no determina por sí misma la existencia de un trastorno mental, aunque puede agravar factores vinculados con el cansancio, la irritabilidad o el bajo estado de ánimo.”Kimberley Wilson, psicóloga
