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Sábado, 17 de octubre de 2026
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Comer en casa con la familia: el gesto cotidiano que cambia la salud de los chicos

Un consenso de especialistas argentinos recupera una idea antigua y la actualiza con evidencia: la comida compartida, lejos de las pantallas y en horarios estables, es una de las llaves para que niños y adolescentes coman mejor y de forma más variada.

Por Esteban AlvaradoSociedad y vida cotidiana · · hace 4 d
Comer en casa con la familia: el gesto cotidiano que cambia la salud de los chicos

La mañana arrancó tibia en el barrio de Belgrano, con esa luz de invierno que se filtra entre los edificios y deja las veredas todavía húmedas. Mientras el café se calentaba en la cocina, el ruido del diario y la radio de fondo marcaban otra vez esa rutina que a veces uno da por sentada. Pensar en la alimentación de los chicos suele llevarnos directo a la lista del súper, a la pregunta de siempre sobre qué comprar, qué cocinar, qué dejar de comprar. Pero un grupo de especialistas argentinos vino a recordarnos algo que las abuelas ya sabían hace rato: comer es, ante todo, un acto compartido, y la forma en que nos sentamos a la mesa pesa tanto como lo que tenemos en el plato.

La propuesta se llama consenso NutreAR y fue elaborada por PROFENI, una red de profesionales expertos en nutrición infantil. Se presentó en el noveno Congreso Argentino de Nutrición Pediátrica, organizado por la Sociedad Argentina de Pediatría, y pone el foco en un concepto que los especialistas resumen con una palabra: comensalidad. Suena técnico, pero la idea es bien concreta: abarca todo lo que rodea al acto de comer, o sea, el momento, las personas, el lugar, las reglas de la casa y hasta las pantallas que suelen competir con el plato.

De los dos a los diecisiete, el aprendizaje cambia de forma

El consenso no se queda en una recomendación general. Va etapa por etapa, desde los dos años hasta los diecisiete, porque a esa altura las necesidades nutricionales de un chico ya no se parecen en nada a las de un adolescente que entrena tres veces por semana o a las de una nena que empieza la secundaria. Los especialistas insisten en que las orientaciones deben ajustarse a cada momento del crecimiento, y en que lo que se aprende de chico se arrastra, para bien o para mal, durante décadas.

Una de las herramientas más potentes, según subrayan, es el aprendizaje por imitación. Cuando un nene ve a sus viejos, a un hermano o a un amigo probar alimentos distintos, ampliar el propio repertorio resulta más fácil. Funciona al revés también: la selectividad alimentaria, o sea, ese capricho de comer siempre lo mismo y rechazar todo lo demás, se vuelve más difícil de revertir si en la mesa no hay nadie que muestre otras opciones. Por eso los pediatras recomiendan insistir, sin convertir la comida en una batalla, y ofrecer siempre algo nuevo, para no consolidar un menú demasiado restringido.

“Los chicos aprenden a comer, en buena medida, por imitación, y sostener la comida compartida es una de las formas más simples y efectivas de cuidar su alimentación.”Consenso NutreAR, presentado en el 9° Congreso Argentino de Nutrición Pediátrica

La mesa que se vacía y la cena que queda

A partir de los catorce o quince años, la costumbre empieza a invertirse. Crece la tendencia a comer solos, encerrados en el cuarto y con el celular al lado. Esa práctica, advierten los especialistas, reduce las oportunidades de construir los vínculos que se tejen alrededor de la comida y, de paso, empobrece la dieta. La recomendación concreta es sostener al menos una comida compartida por día, y la cena aparece como la más viable, porque los horarios de trabajo, la escuela y las actividades deportivas hacen casi imposible coincidir a otra hora.

Acá abajo, en los barrios del conurbano y del interior de la provincia de Buenos Aires, la cena familiar sigue siendo, para muchas familias, el único momento del día en que todos se ven las caras. Para los que ya tienen hijos grandes, el consenso trae una buena noticia: la mesa no tiene que ser familiar en el sentido estricto. Cenar con amigos cumple la misma función, porque lo que alimenta, en el fondo, es la compañía.

La comensalidad no termina en la cocina

  • La comensalidad tampoco termina en la casa. En la escuela, los comedores con menús planificados con criterios nutricionales son una herramienta clave para ampliar la variedad de alimentos que prueban los chicos, sobre todo en las familias que, por tiempo o por plata, repiten los mismos platos toda la semana.
  • Las viandas preparadas en casa cumplen un rol parecido: permiten sumar opciones distintas a las que el comedor ofrece y abren la conversación sobre la comida con los hijos, que muchas veces empieza por lo que llevan en la mochila.
  • La recomendación es que la variedad se sostenga tanto dentro como fuera del hogar, porque los chicos que prueban sabores diferentes en distintos entornos terminan aceptando más alimentos y armando un paladar más flexible.

El mensaje de fondo es bastante reconfortante para los padres que se sienten agobiados por las guías nutricionales, las tablas de porciones y los ultraprocesados. Cuidar la alimentación de los chicos no pasa solo por comprar lo correcto en el súper ni por pelearse para que terminen el puré. Pasa, también, por sentarse a la mesa, por mirar al otro, por sostener un horario y por compartir, al menos una vez al día, el ruido de los cubiertos y la conversación. Como me dijo esta mañana Marta, vecina de San Telmo y madre de tres, mientras tomaba el segundo cortado: a veces lo que más les nutre no es lo que les servimos, sino con quién se lo comen.

EA
Esteban AlvaradoSociedad y vida cotidiana

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