Chochoyotes: la masa en forma de ombligo que la cocina mexicana preserva desde la época prehispánica
Pequeñas bolitas de masa de maíz con una hendidura en el centro, que espesan caldos y guisos y tienen raíces en Mesoamérica.
Los chochoyotes son pequeñas bolitas de masa que se han convertido en un elemento habitual de la cocina hogareña de México. Su rasgo más distintivo es la hendidura que presentan en el centro, que les otorga un aspecto similar al de un ombligo. Según el material consultado, se trata de una preparación que forma parte de la tradición culinaria del país desde hace siglos.
Su origen se remonta a las culturas prehispánicas de Mesoamérica, y su nombre proviene del náhuatl. Sin embargo, la etimología exacta todavía es objeto de debate entre los especialistas, por lo que no existe una explicación definitiva sobre el significado de la palabra.
Ingredientes y preparación de la masa
La base de los chochoyotes es la misma masa que se emplea para elaborar las tortillas. Los componentes principales son los siguientes:
- Harina de maíz nixtamalizado, que puede ser blanca, amarilla o negra.
- Agua tibia, en una proporción estándar de aproximadamente tres cuartos de taza por cada taza de harina.
- Manteca de cerdo.
- Sal.
La masa se amasa hasta lograr una textura blanda y moldeable, comparable a la plastilina, que no se adhiera a las manos. Algunos cocineros optan por agregar epazote, cilantro, hoja santa, chicharrón picado, ajo o queso para darles un perfil más marcado. Para formarlos, se toman porciones de igual tamaño, de entre 2,5 y 5 centímetros de diámetro, se boleán y se presiona el centro con el dedo sin atravesar la masa por completo.
Cocción y uso en guisos
La técnica de cocción resulta determinante para el resultado final. Los chochoyotes se incorporan al líquido cuando este se encuentra a punto de hervir, con pequeñas burbujas visibles, con el objetivo de evitar que se peguen entre sí. Después se reduce el fuego y se cocinan a temperatura baja durante diez a quince minutos. Están listos cuando ascienden a la superficie. Durante la cocción liberan almidón, lo que permite espesar el caldo de manera natural.
El plato más tradicional es el caldo de frijoles negros, aunque también se incorporan a sopas de pollo, guisos de carne, sopas de verduras y preparaciones con mariscos. Cuando se utilizan junto a moles u otras salsas muy espesas, se recomienda cocerlos por separado e incorporarlos al final para no alterar su textura. Existe además una versión frita, dorada en aceite abundante o al horno, que se sirve como entrada crujiente, sola o acompañada de queso.
