A los 93, Ellen Burstyn sigue saliendo a caminar y levantando peso: qué se puede aprender de su rutina y qué conviene ajustar
La actriz combina paseos diarios, gimnasio y entrenamiento con un preparador físico. Especialistas consultados marcan la diferencia entre caminar y trabajar la fuerza, y aclaran cuándo hace falta una consulta médica antes de empezar.
El sol cae despacio sobre las veredas de Los Ángeles y, en algún barrio todavía arbolado, una mujer de 93 años camina con su perro como si fuera una mañana cualquiera. Esa imagen, que ella misma se encarga de repetir, es la de Ellen Burstyn, la actriz que construyó su carrera entre escenarios y sets y que hoy, cerca de cumplir 94, sostiene una rutina física que llama la atención de quienes se preguntan cómo se llega a esa edad moviéndose así. Lo que hace no es un misterio ni una receta mágica, pero tampoco es un plan para copiar sin más: su historia incluye dos fracturas de muñeca, una férula en una mano y artritis, y eso cambia cualquier lectura demasiado entusiasta.
“Camino todos los días, hago ejercicio en el gimnasio y me cuido”, contó la propia Burstyn cuando le preguntaron por sus hábitos. La frase, corta y sin adornos, resume una combinación que los especialistas en actividad física para adultos mayores suelen recomendar: movimiento aeróbico liviano, trabajo de fuerza y un profesional que mire de cerca la técnica. Lo que no dice, y conviene aclarar, es que detrás de cada paso y de cada serie hay una adaptación permanente a lo que el cuerpo permite.
Caminar no es lo mismo que entrenar fuerza
Acá abajo, en la provincia y en cualquier ciudad del país, los médicos y los kinesiólogos insisten con un punto que suele quedar afuera de las recomendaciones exprés: caminar está muy bien para mantener el corazón activo, la circulación en marcha y el ánimo arriba, pero no alcanza cuando el objetivo es sostener la fuerza que se necesita para levantarse de una silla, subir una escalera o no perder el equilibrio en la vereda. Son cosas distintas, y por eso la rutina de Burstyn no se agota en los paseos con el perro.
“Fortalecer los glúteos favorece la estabilidad cotidiana y puede contribuir a que los adultos mayores sufran menos caídas.”Matthew Kampert, especialista en medicina deportiva de Cleveland Clinic
Kampert, que dirige el Programa de Medicina del Estilo de Vida de esa clínica estadounidense, lo explica en términos muy concretos: la fuerza de los glúteos y de las piernas es la que sostiene los gestos más simples del día. Perder esa reserva muscular, algo que pasa de manera natural con los años, se nota primero en un tropiezo, después en una caída y, muchas veces, en una fractura que cambia la vida. La buena noticia es que se puede trabajar a cualquier edad, y la mala es que hacerlo mal también tiene costos.
Un circuito breve para sumar resistencia
El entrenador Álvaro Puche suele proponer un esquema mínimo para sumar trabajo de fuerza sin complicarse la vida. La idea es complementarlo con las caminatas y hacerlo tres veces por semana, en bloques cortos que llevan entre tres y cuatro minutos. La secuencia es la siguiente:
- Ponerse de pie desde una silla, sin ayudarse con las manos.
- Elevar los talones, controlado, para trabajar la zona de los gemelos.
- Hacer remos con una banda elástica, para activar la espalda.
- Apoyarse en una superficie firme y estable —que no resbale— y realizar flexiones inclinadas, descargando parte del peso en el apoyo.
La altura del asiento, la tensión de la banda, la inclinación del apoyo y la cantidad de repeticiones se ajustan a cada persona. La técnica va antes que la velocidad: hacer lento y prolijo siempre rinde más que hacer rápido y mal, sobre todo cuando hay artritis, una fractura antigua o simplemente miedo a caerse. Quienes tengan lesiones previas, dolores que no se van, enfermedades crónicas como diabetes o problemas cardíacos, o cualquier dificultad para mantener el equilibrio, deberían pasar primero por una consulta con su médico, con un kinesiólogo o con un profesional capacitado en ejercicio antes de arrancar.
Burstyn no empezó tarde con todo esto. Cuenta que modificó sus costumbres cerca de los 40, cuando decidió dejar el cigarrillo y el alcohol, pasar a una alimentación vegetariana y tomarse en serio lo que se mueve y lo que se lleva a la mesa. Hoy, además del gimnasio, sigue trabajando, lee, recibe gente en su casa y va a conciertos. El movimiento aparece como una pieza más dentro de una vida que sigue activa, no como un programa aislado ni como una meta deportiva.
Jorge, un vecino de 71 años que vive en el centro de Morón y camina cada mañana por la plaza, me lo dijo mientras se ataba los cordones: “Yo camino todos los días, pero el médico me insistió con que haga algo de fuerza en la pierna. Un día me caí en el colectivo y no quiero que me pase de nuevo”. Tiene la prudencia de preguntar antes de empezar y, sobre todo, la certeza de que moverse no es solo dar pasos: también es levantar, empujar y sostenerse. Esa es, en el fondo, la lección más simple que deja la rutina de una actriz que, a los 93, todavía sale a la calle con su perro y todavía entrena con un preparador físico.
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