Sarah Paulson se mete en la piel de Aileen Wuornos y la cruza con Lizzie Borden en la nueva temporada de Monstruo
La cuarta entrega de la antología de Netflix incorpora a la asesina serial de Florida dentro del relato sobre los Borden. Una decisión de guion que reabre el debate sobre hasta dónde puede llegar la ficción cuando se mete con casos reales.
Hay una imagen que se me quedó pegada en la cabeza mientras seguía los episodios: la de Aileen Wuornos sentada en la casa de los Borden, hojeando un libro sobre Lizzie como quien busca una compañía. La serie no muestra esa escena con un cartel de "esto pasó", pero tampoco la presenta como un sueño aislado: la sostiene durante casi un capítulo entero, hasta convertirla en una especie de conversación larguísima entre dos mujeres que nunca se cruzaron. Esa decisión es, para mí, el corazón de esta temporada de Monstruo, que vuelve a Netflix con Sarah Paulson como gran atracción en un papel inesperado.
Dos crímenes, dos siglos y un mismo relato
La antología creada por Ryan Murphy ya pasó por Jeffrey Dahmer, los Menéndez y Ed Gein. En esta cuarta entrega, el eje son los asesinatos de Andrew y Abby Borden en 1892, pero el guion decide abrirle la puerta a Wuornos, la asesina serial condenada en Florida entre 1989 y 1990 y ejecutada en 2002, a los 46 años. Para entender la apuesta, conviene separar dos planos: lo que se sabe del expediente real y lo que inventa la ficción para conectar a las dos.
- Los Borden fueron asesinados en su casa de Fall River, Massachusetts, en 1892. Lizzie fue absuelta en un juicio que dividió a la opinión pública estadounidense.
- Aileen Wuornos confesó siete crímenes y fue condenada por seis. Inicialmente dijo que había actuado en defensa propia, luego se desdijo.
- No hay registros de que Wuornos haya visitado la casa de los Borden ni de que estuviera obsesionada con el caso, como sugiere la serie.
- El cruce entre ambas se construye a partir del cuarto episodio, con un encuentro en una ruta de Florida en 1988.
La palabra del equipo creativo
Ian Brennan, cocreador de la serie, fue claro al presentar la decisión: la idea era darle a Wuornos un final que tuviera sentido emocional, aunque no fuera feliz. Esa intención se nota en cómo Lizzie termina apareciendo en su vida y, finalmente, "la recibe" después de la muerte. Es un cierre construido casi a medida, pensado para que el espectador sienta algo antes de los créditos.
En el sexto capítulo, Wuornos permanece en la casa de los Borden mientras el montaje alterna con imágenes de la investigación original. La asociación entre las dos mujeres se completa con visiones que funcionan como diálogos interiores. Para mí, esa secuencia es la más arriesgada de la temporada: se aleja del expediente y se anima a tratar el dolor y la violencia desde un lugar casi onírico.
La pregunta que queda flotando
Si te sentaste a mirar la serie esperando un documental, te vas a ir con gusto a medias. La producción toma licencias grandes: la obsesión de Wuornos con Lizzie, su paso por la casa, incluso el tono de intimidad entre ambas son decisiones narrativas sin respaldo histórico. ¿Está bien que una serie basada en casos reales se tome estas libertades? Es la pregunta que me llevo puesta, y que cada vez aparece más seguido cuando se anuncia un proyecto de este tipo.
