Por qué a los argentinos les cuesta tanto decir que no (y por qué eso termina pasando factura)
Ansiedad, resentimiento acumulado, insomnio y dolores sin causa aparente: el precio de no saber poner límites. Una nota para entender por qué aprendimos a decir que sí a todo y cómo se puede empezar a revertir.
Amaneció frío y gris en Buenos Aires, con esa luz plomiza de julio que no termina de aclarar nunca y deja a la ciudad con cara de domingo aunque sea día de semana. Me junté a tomar un café con Marta, que vive en Caballito y trabaja en un estudio contable del centro, y mientras esperaba que el mozo trajera las medialunas me dijo, casi sin querer, una frase que se me quedó dando vueltas: "Yo no sé decir que no, y ya ni me acuerdo desde cuándo". Tiene 52 años, dos hijas adolescentes, un marido que la quiere bien pero que también le pide siempre un poco más, y un jefe que la llama a las diez de la noche para pedirle un favor. Marta no es una excepción. En la redacción, hablando con psicólogos y con gente común, uno se da cuenta de que acá abajo, en la provincia y en la ciudad, la dificultad para poner límites es una de esas cosas que todos reconocemos en los demás y casi nadie se anima a admitir en uno mismo.
La cuestión, según explican los especialistas, es que decir que no no es un capricho ni una falta de educación: es un acto de salud mental. Y no poder hacerlo, o no tolerar que el otro lo haga, tiene consecuencias concretas que van mucho más allá de la discusión filosófica. Ansiedad, resentimiento que se va acumulando como deuda en una cuenta corriente, insomnio y hasta dolores físicos sin causa orgánica clara son algunos de los síntomas que aparecen cuando una persona no aprende a poner límites a tiempo.
Dos patrones opuestos, un mismo problema de fondo
Los profesionales que se dedican a pensar el tema suelen describir dos perfiles que aparecen una y otra vez en los consultorios. El primero es el de quien no puede poner límites: alguien que aprendió, de chico, que el propio deseo molesta o que decir que no pone en riesgo el vínculo afectivo. De grande, esa persona acepta lo que no quiere, tolera lo que le hace daño y se hace cargo de lo que no le corresponde. Los costos se pagan en ansiedad, en cansancio que ningún descanso resuelve porque no es físico sino psíquico, y con el tiempo el cuerpo empieza a poner los límites que la persona no puso: aparecen dolores sin causa clara, problemas para dormir, síntomas que el médico no encuentra explicación orgánica pero que el cuerpo insiste en repetir.
El segundo patrón es el inverso pero igual de problemático: el de quien no tolera el límite ajeno. Para esa persona, cualquier no se vive como una ofensa o un desafío personal. Aunque por afuera parezca seguridad o carácter, por dentro responde a una imagen frágil de uno mismo que necesita confirmarse venciendo la resistencia del otro. Las relaciones, tarde o temprano, se organizan alrededor de su voluntad, y eso a la larga las va vaciando de afecto genuino.
- El límite se empieza a formar desde los primeros meses de vida: el pecho que no siempre está, el "no" ante el peligro, la espera antes de la satisfacción.
- No poder decir que no suele vincularse a ansiedad, resentimiento acumulado y un cansancio que no se resuelve durmiendo.
- El cuerpo puede terminar poniendo los límites que la persona no puso: dolores sin causa orgánica clara, insomnio, malestares reiterados.
- No tolerar el no del otro genera relaciones atravesadas por la voluntad de uno y vaciadas de vínculo verdadero.
- Entre ambos extremos existe un punto posible: poder decir que no sin culpa y escuchar un no sin sentirlo como amenaza.
- No es un rasgo de carácter fijo: se construyó en la infancia y, con el acompañamiento adecuado, puede revisarse y trabajarse.
Por qué se aprende a no decir que no
La raíz, dicen los que saben, está en los primeros años. El bebé necesita que alguien le ponga un límite porque no hay psiquismo posible sin un afuera que contenga. Cuando ese proceso no se completa bien, el niño crece sin herramientas para diferenciar el propio deseo del deseo del otro, y de grande queda atrapado en los dos patrones que describimos antes. La buena noticia es que nada de esto está tallado en piedra: lo que se construyó en un momento se puede revisar en otro, y un tratamiento adecuado ofrece el espacio para aprender a decir "hasta acá" sin sentir que se traiciona al otro.
Marta me escuchó en silencio, le dio un trago al café que ya se había enfriado y me dijo algo que, me parece, resume mejor que cualquier teoría lo que muchos sienten: "El día que aprendí a decir que no fue el día que empecé a dormir bien. Lo que pasa es que nadie te enseña eso de chico, y de grande tenés que aprenderlo a los ponchazos".
