Poner límites a los chicos no es autoritarismo, es cuidarlos: la mirada de dos psicólogas que saben del tema
Especialistas en crianza coinciden en que el diálogo sin reglas termina confundiendo a niños y adolescentes. La clave, dicen, está en ejercer autoridad con presencia afectiva y sin violencia, un equilibrio que muchas familias todavía no encuentran.
Amaneció gris en el barrio de Belgrano, con esa luz pálida de julio que no termina de animar la mañana. Mientras el café se calentaba en la cocina, la pantalla del teléfono mostraba un debate que se repite en muchas mesas familiares argentinas: ¿pongo límites o cedo a todo para no dañar a mi hijo? Es una pregunta que, según dos psicólogas consultadas, no tiene nada de caprichosa ni de autoritaria: tiene que ver con el cuidado y con el aprendizaje de vivir en sociedad.
Porque acá abajo, en la conversación de todos los días, muchos padres y madres se debaten entre el grito y la negociación permanente. La psicóloga infantojuvenil Ivana Raschkovan, autora del libro Infancias respetadas, lo resume con una frase que pega en el centro de la cuestión.
“Conversar no quita autoridad; al contrario. La pérdida de autoridad ocurre cuando el adulto le teme al conflicto y lo evita. Si para esquivar un berrinche terminamos moviendo el límite, el mensaje se vuelve sumamente confuso.”Ivana Raschkovan, psicóloga infantojuvenil
Autoridad no es lo mismo que autoritarismo
Para Raschkovan, la confusión empieza cuando se mezclan dos palabras que, dice ella, no son sinónimos. El autoritarismo es un abuso de poder: reglas rígidas, poca escucha, castigo como respuesta. La autoridad, en cambio, es otra cosa: es la presencia de un adulto que dice "no" cuando hace falta, pero que explica, acompaña y sostiene. Respetar a un niño o a un adolescente, insiste la psicóloga, no equivale a dejarlo hacer lo que quiera: el respeto está en el buen trato, no en la ausencia de normas.
La idea no es nueva. En los años sesenta, la psicóloga Diana Baumrind describió tres estilos de crianza que todavía se usan en las facultades y en los consultorios. El primero es el autoritario, con reglas firmes pero sin escucha. El segundo es el permisivo, donde sobra afecto pero faltan límites. El tercero, el que la mayoría de los especialistas recomienda, es el democrático o autoritativo, que combina normas claras con diálogo y contención afectiva. La psicóloga Deborah Bellota coincide con esa clasificación y agrega un dato que muchos padres reconocerán al escucharlo.
“Los padres permisivos suelen ser muy afectuosos, pero muchas veces no ponen límites por miedo a que el hijo se enoje con ellos. Esa dinámica puede favorecer la autoestima, aunque también genera dificultades para autorregularse, baja tolerancia a la frustración y resistencia a figuras de autoridad.”Deborah Bellota, psicóloga
El "no" también se aprende
Para Raschkovan, los límites son una forma de cuidado y no un castigo. En su mirada, son indispensables para aprender a vivir en sociedad, porque la vida misma ya presenta dosis diarias de frustración: hay que ir a dormir aunque quieran seguir jugando, no se puede almorzar caramelos, hay que dar la mano para cruzar la calle. Esas pequeñas frustraciones cotidianas, dice la especialista, van construyendo la tolerancia a la frustración, una capacidad que no aparece de forma espontánea sino que se aprende. Si un chico no experimenta el "no" en un entorno seguro, advierte, es posible que no desarrolle los recursos emocionales suficientes para procesar situaciones difíciles fuera de casa.
Bellota, por su parte, recuerda que el trabajo del adulto no termina cuando dice "no": también tiene que sostener lo que dice, porque la coherencia es lo que vuelve creíble al límite. Para ella, el límite funciona cuando viene acompañado de afecto: un chico que sabe que su mamá o su papá lo quieren igual después del "no" es un chico que puede aprender, sin miedo, a tolerar la frustración.
