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Sábado, 17 de octubre de 2026
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La sombra de la infancia: por qué muchos padres reproducen sin querer las marcas que quisieran dejar atrás

El psicólogo especialista en trauma Maxi McCoubrey explica cómo se filtran en la crianza las huellas de la propia historia, cuáles son las más difíciles de identificar y qué pistas ayudan a darse cuenta de que el pasado se coló en el presente.

Por Esteban AlvaradoSociedad y vida cotidiana · · hace 2 d
La sombra de la infancia: por qué muchos padres reproducen sin querer las marcas que quisieran dejar atrás

La mañana en Buenos Aires arrancó con esa luz lechosa de agosto, esa que no termina de decidirse entre el invierno que se va y la primavera que todavía no se anima. En la redacción, mientras el termo del mate pasaba de mano y alguien comentaba que había escuchado un portazo en el piso de arriba, llegó la conversación con el psicólogo especialista en trauma Maxi McCoubrey y todo empezó a tener otro peso. Porque cuando se habla de criar, parece que se habla de los hijos, pero en realidad se está hablando de uno mismo, de los padres que tuvimos y de las cosas que juramos que no íbamos a repetir mientras las íbamos repitiendo, casi sin darte cuenta, como te pasa con esa canción que te sale sin pensar.

"Somos hijos de nuestra historia, de nuestro linaje, de nuestro lenguaje, de la época y del contexto cultural en el que nacimos", señala McCoubrey con una frase que, bien mirado, viene a decir algo que uno intuye pero que pocas veces se permite decir en voz alta. Esa historia se filtra en la manera de hablar en la mesa, en la forma de poner límites, en cómo reaccionamos cuando un chico desobedece o llora por algo que a nosotros nos parece una pavada. También se cuela en las ideas que damos por sentadas sobre el éxito, el esfuerzo, el dinero y, lo más delicado, sobre el afecto: cuánto se da, cómo se pide y, sobre todo, cuánto se merece.

Lo que se repite y lo que hay que interrumpir

El especialista aclara algo que cambia la conversación de fondo: el problema no es repetir, porque repetir, de alguna manera, es inevitable. Lo que hace ruido, lo que duele, lo que conviene interrumpir, es repetir aquello que hizo sufrir sin poder reconocerlo. "Lo que hace falta interrumpir es aquello que maltrata, humilla, abusa, niega la individualidad o hace sufrir de manera sostenida", precisa McCoubrey. Una aclaración así de cruda obliga a mirarse de frente, porque uno siempre encuentra un pariente o un amigo que dice que "en mi época era así y no pasó nada", como si el hecho de haber salido adelante bastara para borrar el costo.

Las marcas más difíciles de cambiar, según cuenta el psicólogo, no son las más visibles. Muchas están tan incorporadas que ni siquiera se cuestionan durante años, como una pared vieja que uno mira todos los días y deja de ver. Entre ellas menciona cuatro que vale la pena repasar con tiempo:

  • Pérdidas silenciadas: muertes, mudanzas, separaciones que en la familia no se nombraron y que quedaron flotando como un tema vedado.
  • Violencias naturalizadas: gritos, cachetadas, castigos públicos o privados que se explican como "formación" y nunca se pusieron en duda.
  • Vergüenzas heredadas: cosas que los padres sintieron como debilidad o como culpa y que, sin mediar palabra, pasaron a los hijos como si fueran propias.
  • Mandatos que viajan de generación en generación, como la idea de que estudiar es lo único digno, que mostrar afecto es debilidad o que pedir ayuda es de flojos.

El hilo en común, según McCoubrey, suele ser la rigidez: la dificultad para tolerar que un hijo sienta algo distinto, piense distinto o necesite algo distinto a lo que uno esperaba. Cuando eso aparece, en lugar de mirar al chico que tenemos enfrente, miramos al chico que fuimos nosotros y le pedimos a aquel niño lo que nunca pudimos resolver. Esa es, acaso, la trampa más silenciosa de la crianza.

Hacerlo distinto tampoco es garantía

Hay una idea muy repetida entre los padres y las madres de hoy, esa de "conmigo va a ser distinto, yo no voy a repetir lo que me hicieron". La intención es noble, pero el camino tiene sus bemoles. McCoubrey advierte que "criar solo en oposición a la propia infancia puede volver la crianza reactiva: en vez de responder a las necesidades reales del hijo, se responde a una pelea pendiente con los propios padres". Quien se crió en un hogar rígido puede terminar creyendo que cualquier frustración es un trauma, y entonces protege tanto al chico que lo deja solo frente a cosas que todavía no puede resolver. Irónico: se quiere soltar y se termina apretando de otra manera.

La clave, insiste el especialista, no está en encontrar un punto medio matemático, como si la crianza fuera una receta con medidas exactas. Está en mirar al hijo concreto, al que llora en el supermercado porque quiere una golosina, al que se enoja porque no lo dejamos jugar hasta tarde, al que se frustra porque le cuesta la matemática. "Un límite puede ser profundamente amoroso si protege, ordena y no humilla. Y una libertad puede ser abandonante si deja al niño solo frente a algo que todavía no puede resolver", resume McCoubrey. Es una frase que, bien pensada, sirve para casi todo: para la escuela, para la cena, para la pelea por la Tablet antes de dormir.

Señales de que la propia historia se metió en la crianza

Una señal bastante clara, cuenta el psicólogo, es la reacción desmedida frente a una situación que, miradas con distancia, no parece tan grande: una bronca que desborda por un dibujo en la pared, una preocupación extrema porque el chico se demoró diez minutos en el colegio, la necesidad insoportable de tener todo bajo control. Cuando uno se sorprende a sí mismo reaccionando así, conviene detenerse y pensar qué será de la propia biografía lo que se está jugando ahí abajo, en esa sensación en la panza que aparece antes de cualquier palabra.

Cambiar esos patrones, aclara McCoubrey, no implica prometer que uno nunca más va a gritar ni a equivocarse. La vara, dice, es otra, mucho más humana: "A veces el primer cambio no es no gritar nunca; es poder detenerse antes, pedir una pausa, volver y decir: lo que hice no estuvo bien, voy a tratar de hacerlo distinto". La frase, bien mirado, vale para la crianza y también para casi todo lo demás, aunque eso ya es tema para otra conversación.

Acá abajo, en la provincia y en cualquier barrio de Buenos Aires, la conversación sigue abierta. Quienes quieran sumarse pueden escribir a sociedad@portal.com.ar.

EA
Esteban AlvaradoSociedad y vida cotidiana

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