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Sábado, 17 de octubre de 2026
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La nueva velocidad de Luli Fernández: cómo aprendió a dejar huecos en la agenda y por qué esos huecos ahora valen oro

A los 38, después de una separación de más de una década, la modelo y conductora reorganizó su vida alrededor de su hijo, del entrenamiento y de las terapias. Cuenta que la transformación empezó cuando eligió quedarse quieta, en lugar de llenar el calendario como hacía antes.

Por Esteban AlvaradoSociedad y vida cotidiana · · hace 7 d
La nueva velocidad de Luli Fernández: cómo aprendió a dejar huecos en la agenda y por qué esos huecos ahora valen oro

La mañana en Buenos Aires todavía está fresca cuando Luli Fernández abre los ojos en su departamento de Recoleta. Son las seis pasadas y la luz que entra por el ventanal todavía tiene ese tono gris azulado que antecede al sol pleno. En la cocina, mientras calienta la pava, escucha los pasos de Indalecio, su hijo de siete años, que baja en pijama con el pelo revuelto. Arriba, la persona que la ayuda en la casa está por llegar. Abajo, en el barrio, los primeros colectivos ya empiezan a rugir sobre la calle. Es el único momento del día en que la apuran dos relojes a la vez: el de la rutina escolar y el de su propio cuerpo, que pide café y un rato de silencio.

Entre los dos arman el lunch, desayunan y salen hacia el colegio, en Vicente López. El trayecto en auto, con música y charla, se convirtió en una especie de ritual diario. Como me dijo por teléfono una vecina del edificio que la cruza seguido en el ascensor, Marta, del segundo piso: "Acá abajo todos la ven con el nene a la mañana, siempre con una sonrisa, como si esos minutos fueran lo más importante del día". Y parece que, justamente, eso es lo que Luli aprendió a poner en el centro después de separarse, tras catorce años de pareja.

Cuerpo, cabeza y algo más: el nuevo organigrama semanal

Después de dejar a Indalecio en la escuela, la jornada de Luli se reordena alrededor de tres ejes. El primero es físico: tres veces por semana entrena con un profesor de musculación y lleva un plan alimentario con seguimiento de una nutricionista. El segundo eje es terapéutico, y es probablemente el más extenso: combina terapia tradicional con terapia neural, constelaciones familiares, biodecodificación y registros akáshicos, y además consulta de manera habitual a una astróloga y a una numeróloga para decisiones personales y laborales. El tercero es laboral: conduce un ciclo de entrevistas para una plataforma digital que empezó con mujeres y este año sumó una edición dedicada a varones, producción por la que quedó nominada a los premios Martín Fierro.

  • Despertar a las seis, preparar el desayuno y armar el lunch con su hijo antes de llevarlo al colegio en Vicente López.
  • Entrenamiento con profesor de musculación tres veces por semana y plan con nutricionista.
  • Cinco modalidades de terapia: tradicional, neural, constelaciones, biodecodificación y registros akáshicos.
  • Consultas regulares con astróloga y numeróloga para decisiones personales y laborales.
  • Conducción de un ciclo de entrevistas en una plataforma digital, nominado a los Martín Fierro.

Lo que cambió, según ella misma lo describe, no fue la cantidad de horas dedicadas a trabajar, sino la decisión consciente de no tapar los huecos. Durante años, dice, el trabajo funcionó como refugio y su agenda no tenía pausas. Esa lógica se quebró en el momento más duro del proceso de separación, cuando eligió quedarse quieta en lugar de sumar actividades para no pensar. De ahí en adelante empezó a valorar lo que antes despreciaba: una tarde sin planes.

“Hoy me doy cuenta de que necesito mucho menos para ser feliz.”Luli Fernández

Los miércoles y sábados, cuando Indalecio se queda con el padre, Luli sale con amigas, pasea o se queda en su casa tomando mate, mirando una serie y acompañada por sus tres perros. Esas tardes quietas, que antes le hubieran parecido tiempo perdido, hoy son el premio de la semana. La crianza, mientras tanto, ocupa el resto: dice que desde que vive sola con su hijo el vínculo se profundizó, y que la convivencia diaria le exige una presencia que antes delegaba en la vorágine del calendario. Acá abajo, lejos del ritmo de Recoleta, muchos padres y madres que atraviesan separaciones largas se reconocen en ese mismo mapa: cuerpo, cabeza, hijo y, sobre todo, la decisión de aprender a aburrirse un rato. Como suele decir una amiga suya chaqueña con la que habla seguido, Silvia, de Resistencia: "Lo más revolucionario que podés hacer hoy es sentarte en un sillón sin hacer nada". Luli, en su propia versión porteña, parece haber llegado a la misma conclusión.

EA
Esteban AlvaradoSociedad y vida cotidiana

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