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Sábado, 17 de octubre de 2026
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La mochila que no se entrega en la puerta del colegio: cómo las expectativas de los padres pesan toda la vida

La psicóloga Cynthia Wila, autora del ensayo La culpa, analiza por qué las exigencias familiares transmitidas con cariño pueden dejar una huella difícil de sacudir en la adultez y qué se puede hacer para revisar esa carga.

Por Esteban AlvaradoSociedad y vida cotidiana · · hace 10 d
La mochila que no se entrega en la puerta del colegio: cómo las expectativas de los padres pesan toda la vida

Era una de esas mañanas de invierno en las que la ciudad todavía está medio dormida y la luz llega de costado, como pidiendo permiso para meterse por la ventana. Con ese cielo bajo, tirando a gris plomizo, uno se cruza con el colectivo y piensa que hay conversaciones pendientes que conviene empezar de una vez. Esta que sigue es una de ellas, y tiene que ver con algo que casi todos cargamos sin darnos cuenta: la mochila invisible de las expectativas que nos dejaron nuestros viejos, y que muchas veces se vuelve más pesada con el paso de los años.

Lo dice con una claridad que se agradece la psicóloga Cynthia Wila, autora del ensayo La culpa, que acaba de publicar Paidós. La idea central es directa y, al mismo tiempo, incómoda: muchas de las exigencias que sentimos como propias nacieron afuera, en el living de la casa de los padres, y se nos metieron tan adentro que ya no distinguimos cuáles son nuestras y cuáles fueron heredadas.

Cuando el deseo del padre se convierte en mandato

Para Wila, hay un punto de partida que casi nadie mira de frente. "Las expectativas que madres y padres depositan en sus hijos muchas veces incluyen proyectos que ellos mismos no pudieron concretar", explica. Dicho de otro modo: lo que no se animó el viejo, lo que quedó en el tintero de la madre, aparece después empujando desde el pupitre del chico, primero, y desde la mesa del adulto, después. Y el problema, según la psicóloga, es que es imposible de cumplir: nadie puede realizar el sueño entero de otra persona, por más buena voluntad que le ponga.

Hay un dato que Wila repite cada vez que puede y que a mí me parece clave: no hace falta que el mensaje sea agresivo para que duela. "No hacen falta palabras hirientes para generar una carga", advierte. Un pedido dicho con cariño, con un mimo encima, puede dejar la misma pregunta flotando: qué esperan de mí, qué tengo que hacer para ganarme su aprobación. Y esa búsqueda, esa necesidad casi permanente de quedar bien con los otros, es la que termina abriendo la puerta a la angustia y a la culpa.

Acá abajo, en cualquier barrio de cualquier provincia, uno escucha seguido eso de "yo no quiero que te pase lo que a mí me pasó". A veces viene de la mejor manera, con un café de por medio, y otras veces aparece disfrazado de consejo. Pero el mecanismo, dice Wila, es el mismo: se mezclan las normas que ayudan a convivir —no pegar, no agraviar al otro— con los mandatos que restringen las decisiones personales. Y cuando alguien se manda una macana, vuelve a sonar esa grabación vieja que lleva puesta desde la infancia.

“"Las voces y los juicios recibidos durante la infancia pueden incorporarse como reproches propios. En la adultez, la exigencia puede persistir aunque ya no haya alguien formulándola desde afuera".”Cynthia Wila, psicóloga y autora del ensayo La culpa (Paidós)

Lo que propone la psicóloga es, en el fondo, bastante sencillo de decir y bastante difícil de hacer. Hay que parar la pelota y preguntarse, en serio, qué es lo que efectivamente hice mal y qué es lo que me estoy reprochando porque otro lo metió adentro mío. "El eje es revisar de qué se acusa cada persona, en lugar de sostener un cuestionamiento permanente sobre sí misma", resume. Es la diferencia, nada menor, entre hacerse cargo de un acto concreto y cargar con una sentencia general que pesa sobre la propia identidad.

Como vivimos en un país donde la familia, la educación, la religión y la cultura se cruzan de distintas formas según el barrio y la historia de cada uno, Wila aclara que no hay recetas universales. Cada recorrido es personal, atravesado por palabras, gestos y situaciones vividas. La tarea es revisarlo, en silencio o en compañía, pero revisarlo. Como me dijo una vez una vecina del barrio de Belgrano —y que me disculpen si la nombro, pero la frase me quedó dando vueltas—: los hijos no vinimos a este mundo a pagar las cuentas pendientes de los padres. Y tenía razón. Aunque duela, hay que empezar a sacar esa mochila de encima, aunque más no sea para caminar un poco más livianos por la vida.

EA
Esteban AlvaradoSociedad y vida cotidiana

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