La infancia que grita en silencio y un sistema que llega tarde
Chicos que no duermen, que se lastiman, que cargan violencias durante años y que, cuando alguien los escucha, suelen encontrar guardias saturadas y profesionales que no alcanzan. Un mapa de la crisis de salud mental que golpea a los más chicos y de los agujeros por los que se caen.
La mañana se presenta gris sobre el barrio de Once, con esa luz de junio que se pega al asfalto todavía mojado y que parece pedir permiso antes de entrar a las escuelas. En las aulas, en los consultorios y en las guardias de los hospitales públicos porteños se repite, desde hace un par de años, una escena que a los adultos todavía les cuesta nombrar: chicos que no pueden dormir, que dejaron de comer o que comen de manera compulsiva, que se aíslan, que se marcan el cuerpo o que, en el peor de los casos, dicen en voz baja que no quieren seguir viviendo. Detrás de cada uno de esos síntomas hay una historia que, en muchísimas oportunidades, tardó años en encontrar a alguien dispuesto a escucharla.
Violencias que se cargan en silencio durante décadas
La violencia ocupa un lugar central en ese rompecabezas. Las estimaciones de UNICEF son elocuentes y hay que leerlas despacio: una de cada ocho niñas y mujeres sufrió una violación o una agresión sexual antes de cumplir los dieciocho años; entre los varones, la proporción baja a uno de cada once. Buena parte de esas experiencias permanece silenciada porque nunca encontró un interlocutor, y sus efectos sobre la salud mental pueden extenderse durante toda la vida, como una sombra larga que se hereda sin firma ni escritura. A eso se suman los maltratos cotidianos, la negligencia, las humillaciones en la mesa familiar o en el patio del colegio, situaciones que rara vez quedan registradas en un expediente y que, por lo tanto, no existen para el sistema.
Yo lo veo cada vez que me toca cubrir alguna historia en el conurbano bonaerense: acá abajo, en la provincia, el cuadro se vuelve todavía más espeso, porque a la violencia se le suma el hambre como ruido de fondo permanente y la falta de respuestas cercanas que funcionen antes de que la crisis explote.
Las pantallas como refugio y los aprendizajes que se traban
Las plataformas digitales le agregaron al mapa una dimensión nueva que todavía estamos aprendiendo a medir. Chicos y adolescentes quedan expuestos a contenidos sexuales no deseados, a publicidades de apuestas y a material que promueve conductas de riesgo, en un ecosistema que no distingue entre un domingo a la tarde y un martes a las tres de la mañana. Según datos de UNICEF, uno de cada cuatro adolescentes argentinos apostó dinero al menos una vez, una cifra que deja de ser estadística para volverse experiencia concreta cuando uno repasa las publicidades de los partidos de fútbol. El uso intensivo de pantallas no es solo un hábito generacional: en muchos casos funciona como refugio ante soledades que no tienen otro lugar adonde ir, una manera de tapar el ruido de afuera con más ruido de adentro.
Los resultados de las pruebas PISA 2025 suman una señal más que no se puede mirar en soledad. Casi ocho de cada diez estudiantes argentinos de quince años no alcanzaron el nivel básico en Matemática, y alrededor de seis de cada diez tampoco lo hicieron en Lectura ni en Ciencias. Aprender, nos lo recuerdan las maestras con las que hablé en estos meses, exige atención, confianza y tolerancia a la frustración, que son exactamente los recursos que se agotan cuando la energía psíquica está puesta en sobrevivir al hambre, a la violencia o al abandono.
- Chicos que no duermen o que se alimentan de manera desordenada, como señal de alarma que llega antes que cualquier diagnóstico.
- Marcas en la piel y frases sobre no querer seguir viviendo, que suelen leerse como capricho y no como pedido de ayuda.
- Violencias sexuales y maltratos que permanecen silenciados durante años porque nunca apareció un interlocutor válido.
- Apuestas y exposición a contenidos de riesgo en pantallas, que se vuelven refugio cuando no hay otros espacios.
- Malestar que se fragmenta entre la escuela, el hospital y la justicia, con un chico que queda en el medio sin un solo responsable de seguir su historia.
Un sistema fragmentado que llega tarde
Cuando una familia finalmente advierte que algo está mal y se anima a pedir ayuda, puede encontrarse con servicios saturados, con falta de profesionales especializados y con tiempos de espera que convierten una señal temprana en una urgencia consumada. La atención llega, en general, partida en pedazos: la escuela recibe el problema de conducta, el hospital recibe el síntoma, la justicia recibe la infracción y nadie recibe al chico entero. Es lo que más repiten los profesionales consultados: el paciente se pierde como persona dentro de un circuito de informes, interconsultas y derivaciones que se cruzan y nunca se terminan de encontrar.
Los equipos de salud mental infantil son escasos y están mal distribuidos, y la formación de nuevos profesionales no alcanza para cubrir los lugares que quedan vacantes. Mientras tanto, en las guardias de los hospitales pediátricos, los pedidos de atención por intentos de suicidio, autolesiones y crisis de ansiedad no dejan de crecer, y las aulas de las escuelas primarias y secundarias se transforman, casi sin querer, en el primer y muchas veces único refugio para chicos que no encuentran a nadie más a quien contarle lo que les pasa.
En el barrio de Flores, Marta, maestra de quinto grado, me lo dijo con esa mezcla de bronca y cansancio que conozco bien después de años de recorrer escuelas: "Nosotros vemos los síntomas, los escuchamos, los contenemos como podemos, pero después no tenemos a dónde derivarlos, porque la lista de espera es de meses y la familia muchas veces no puede pagarlo de su bolsillo". Su frase resume, mejor que cualquier informe, el hueco por el que se cae la infancia cuando nadie se hace cargo a tiempo.
