La IA en el aula: cuando la solución tecnológica termina agrandando el agujero que dice tapar
Wayne Holmes, investigador de la University College London, asegura que las herramientas de inteligencia artificial no reemplazan a un buen docente y que, en contextos de crisis, puedenuniformar el pensamiento y profundizar la desigualdad entre escuelas.
Vayan mis colegas. Me pasó esta semana: le pedí a un asistente de inteligencia artificial que me resumiera un paper académico sobre educación y la respuesta vino con dos citas inventadas y una fecha que no existía. Lo dejé pensando en lo que advierte un investigador británico desde hace rato: si yo, que soy curiosa y encima desconfiada, casi me trago el amague, qué puede pasar en un aula llena de chicos donde el adulto a cargo no tiene tiempo para chequear nada.
Wayne Holmes trabaja en el UCL Knowledge Lab, un laboratorio de la University College London dedicado a estudiar cómo la tecnología atraviesa la enseñanza. Su postura es clara: el entusiasmo con la IA en las escuelas no se sostiene cuando se lo mira con lupa. Y lo dice alguien que viene del campo, no un alarmista serial.
La calculadora no es lo mismo que el chat inteligente
Uno de los argumentos más escuchados es el de la analogía: así como la calculadora no mató la matemática y hasta cambió cómo se enseña, la IA hará lo propio con otras materias. Holmes lo descarta de un plumazo. La calculadora, dice, es una herramienta determinista: apretás los botones correctos en el orden correcto y obtenés la respuesta correcta siempre. La IA generativa, en cambio, es probabilística: elige la palabra más probable después de la anterior, y así hasta armar un texto que parece correcto sin necesariamente serlo.
Dicho en criollo: la calculadora es como una licuadora, metés los ingredientes y sale el licuado exacto. La IA es más bien como un cocinero que improvisa con lo que tiene en la heladera: a veces sale una cena memorable y a veces te sirve un plato que parece comida pero no lo es.
La paradoja de la desigualdad
Holmes identificó una contradicción que ya está en marcha y que recorre varios sistemas educativos, incluido el argentino. En las escuelas de elite, donde sobra presupuesto, la publicidad no pasa por mostrar la cantidad de pantallas sino por jactarse de sus maestros. En cambio, en zonas con escasez de docentes o donde el presupuesto no alcanza, la tecnología se vende como reemplazo.
“Si esa brecha aumenta, debilitamos la democracia para todos.”Wayne Holmes, UCL Knowledge Lab
La lógica es tan simple como preocupante: al chico de clase media alta le da clase un humano formado; al chico de escuela vulnerable le dan una pantalla con cara de persona. Holmes lo resume con una frase que deja pensando: si esa brecha aumenta, debilitamos la democracia para todos. La educación, dice, es la base de la participación ciudadana, y desfinanciarla en nombre de la eficiencia tecnológica tiene consecuencias que van más allá del aula. Cualquier parecido con debates que tenemos acá, cada vez que se discute el presupuesto educativo, no es pura coincidencia.
Elpensamiento único, versionado digital
Hay otro punto que el investigador desarrolló y que es de los más incómodos. Estas herramientas producen texto eligiendo las palabras más probables según los datos con los que fueron entrenadas. Eso implica que los enfoques minoritarios, las voces críticas o las tradiciones pedagógicas disidentes quedan subrepresentadas. El ejemplo que dio Holmes es elocuente: cuando les preguntó a distintas IA sobre los problemas del aprendizaje personalizado, todas respondieron que lo único negativo era la dificultad de implementarlo. Ninguna cuestionó si el enfoque funciona o no, porque en los textos de entrenamiento la idea dominante es que se trata de algo positivo.
Traducido a la mesa de un bar: es como si para opinar de fútbol solo tuvieras acceso a las columnas de un diario que siempre defiende al mismo equipo. La pluralidad de voces queda afuera, y lo que queda adentro se repite hasta parecer verdad revelada. Eso, aplicado a la educación, puede uniformar el pensamiento de una generación entera sin que nadie se dé cuenta.
Y si tuviera que armar una escuela hoy
Ante la pregunta concreta de cómo usaría la IA si le tocara fundar un colegio, Holmes fue directo como un láser: no incorporaría ninguna de las herramientas actuales. No porque odie la tecnología, aclaró, sino porque las que existen no están a la altura del aula. Y porque, mientras se discute si la IA reemplaza o no a los docentes, se deja de discutir lo urgente: cómo atraer buenos maestros a las aulas que más los necesitan.
- La calculadora y la IA generativa no son comparables: una siempre da el mismo resultado, la otra no garantiza nada.
- La IA puede profundizar la desigualdad si se usa como reemplazo en contextos con escasez docente.
- Estas herramientas tienden a reproducir los enfoques dominantes y dejan afuera las voces minoritarias.
- Antes de sumar pantallas, conviene preguntarse qué recursos pedagógicos ya están funcionando y solo entonces sumar tecnología como apoyo, nunca como sustituto.
Mi consejo de siempre, el de toda la vida y el de cierre: si sos docente, usá la IA como un asistente obediente pero no como fuente única de verdad. Si sos directivo, no inviertas primero en gadgets sino en condiciones para que los maestros quieran quedarse. Y si sos padre o madre, preguntale a la escuela qué hace con la IA antes de festejar que la tengan. Como diría mi abuela, que de tecnología sabía poco y de sentido común muchísimo: lo que brilla no siempre es oro, y lo que ahorra hoy a veces se paga mañana con intereses.
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