La Feria del Libro de Neuquén vuelve a encenderse con diez días para perderse entre páginas
Vuelve la edición número trece con autores como Dolina, Sietecase, Martínez y Kartun, actividades para chicos y capacitación docente. Hablamos con una lectora del Alto neuquino que ya tiene su planning armado.
La mañana arrancó en Neuquén con ese cielo finito de la primavera patagónica, una luz limpia que parece pintada con pincelada ancha sobre el río y el boulevard. Acá abajo, en la capital neuquinense, ya se nota el murmullo de la gente acomodando cajas de libros en el Parque Central, mientras las globas blancas se inflan despacito contra el cielo celeste. Es la antesala de la Feria del Libro Marcelo Martín Berbel, que desde este viernes 11 y hasta el sábado 20 de septiembre levanta por decimotercera vez su telón bajo el lema Libros que transforman, una ciudad en movimiento.
Yo estuve dando una vuelta por la zona del Museo Nacional de Bellas Artes para tentar el clima de la apertura, y la verdad es que ya se respira esa expectativa que solo traen estos eventos, esa mezcla rara de concentración y de algarabía popular que va a traducirse en colas, firmas de libros, mate compartido y, por qué no, alguna discusión acalorada sobre cuál es la mejor novela del siglo. La feria, que vuelve después de un tiempo a tomar temperatura, apuesta fuerte a combinar al lector adulto con las familias que llegan con chicos en edad escolar, en una grilla cruzada por presentaciones, conversatorios, teatro, talleres para docentes y propuestas pensadas especialmente para el público infantil.
Un arranque con múltiples sabores literarios
Marta Domínguez, vecina del barrio Confluencia, me dijo mientras acomodaba a sus dos nietos en la parada del colectivo que ya tiene su propio plan armado para el fin de semana, y la verdad es que es el mismo plan que armaron miles de personas en la región. Ella lo cuenta con esa simpleza de la gente de acá: Yo voy el viernes porque me copa ver eso de Roca como novela histórica, una mirada nueva, pero el sábado me quedo toda la tarde con los chicos, que les encanta eso del programa de Dolina con música en vivo. A mí, personalmente, lo que más me seduce es el cruce: una novela histórica sobre Roca para arrancar, un ensayo sobre educación emocional, un conversatorio sobre cuerpo e intimidad en la literatura, una investigación de ciencias sociales vinculada a derechos humanos y varias obras de autores patagónicos que, como siempre, le dan a la feria una raíz propia, una coloratura que no se repite en Buenos Aires ni en ningún otro lado.
El sábado fuerte y los nombres del resto de la semana
Lo que muchos ya tienen marcado con birome roja en la agenda es el sábado, que sube la intensidad con dos platos fuertes. Por un lado, Reynaldo Sietecase presenta su nueva novela; por el otro, Alejandro Dolina graba en vivo un episodio de su programa, con músicos en escena, algo que siempre genera una atmósfera particular, mezcla de radio amiga y de escenario de concierto. A eso se le suman un taller de encuadernación básica para mayores de quince años, una charla sobre maternidad y discapacidad, y la presentación de una novela infantil pensada para que los chicos se acerquen al libro con otro entusiasmo.
El resto de los diez días conserva esa pluralidad que distingue a la feria neuquina, porque no se queda solo en las figuras rutilantes que vienen de afuera, sino que sostiene un entramado de editoriales locales, sello patagónicos, presentaciones de novelas escritas por autores de la región, y espacios de formación docente que ya están incorporados a la rutina de las maestras y los maestros neuquinos. Para los que van con chicos, lo más relevante es que las propuestas escolares están distribuidas a lo largo de toda la feria, y los docentes tienen sus propios espacios de capacitación dentro del predio, de modo que quien quiera se puede quedar la jornada completa y volver a casa con la valija llena de ideas nuevas, por no hablar de la valija llena de libros.
Acá abajo, donde el viento todavía pega de costado en las mañanas y la noche se estira como si no tuviera ganas de irse, la Feria del Libro funciona casi como un punto de encuentro ciudadano, un lugar donde el lector de siempre y el que se acerca por curiosidad terminan mezclados entre globas, escenario y mateada, y eso, al menos para mí, es lo que vuelve a poner a Neuquén en un lugar central del mapa cultural del sur. La vecina Marta, con la que estuve charlando un rato largo mientras los chicos correteaban por la plaza, lo dejó dicho con una frase que resumo perfecto y que me llevo como cierre de esta nota: Yo aprendí a leer acá en Neuquén, así que cada vez que se prende la feria siento que es un poco mi fiesta, y la de todos.
