La familia que revierte la historia: ahora son los sueldos los que bancan la chacra, no al revés
Silvana Aiello y Jorge Stelrrig se conocieron hace casi veinte años en la puerta de un colegio de Centenario, descubrieron que los dos venían de familias que trabajaban la tierra y decidieron volver a las raíces. Hoy, a tres años de instalarse en las tres hectáreas que Silvana heredó de su padre, crían animales, siembran alfalfa y construyen de a poco el futuro que quieren dejarle a sus tres hijos.
La mañana arrancó fresca en Centenario, con esa luz larga y medio sucia que tiene el Alto Valle cuando todavía no termina de desperezarse. Acá abajo, en la provincia de Neuquén, las mañanas así invitan a caminar despacio y mirar el horizonte como si tuviera algo para decir. En una chacra sobre la calle 9, justo donde el municipio de Centenario se toca con el de Vista Alegre, Silvana Aiello abre la tranquera y empieza la rutina antes de que el sol termine de asomarse detrás del cordón de álamos.
La historia de Silvana y de Jorge Stelrrig empieza, en realidad, hace diecinueve años, en la vereda de un colegio, mientras esperaban a sus hijos. Bastó una charla para caer en la cuenta de algo que los dos habían sospechado toda la vida: los dos venían de familias chacareras, de las que trabajaban la tierra en esta misma zona, y los dos querían volver a eso. Hoy, después de casi dos décadas, ese deseo ya no es solo una conversación de padres en la puerta de la escuela.
Una decisión a la que llegaron con bolsas de cemento y paciencia
Durante años, mientras criaban a sus tres hijos, fueron guardando lo que sobraba del sueldo: bolsas de cemento, hierros, ladrillos, lo que fuera apareciendo y se pudiera pagar. "Comprábamos cuando podíamos", cuenta Marta, una vecina del barrio que los conoce de toda la vida y que los vio ir armando la casa de a poco, como quien junta piezas de un rompecabezas. Hace tres años, finalmente, se mudaron a las tres hectáreas que el padre de Silvana, Ricardo, le había dejado al morir. La casa quedó parada en el límite mismo entre los dos municipios, en un terreno que tiene alfalfa, gallinas, conejos y hasta una incubadora artesanal que armó Lucas, el hijo del medio, con sus propias manos.
- Las tres hectáreas están sobre la calle 9, en el límite entre los municipios de Centenario y Vista Alegre, en la provincia de Neuquén.
- Silvana trabaja como secretaria en una escuela técnica hace casi veinte años; Jorge es empleado en el área de educación de la zona.
- Sus sueldos son los que financian el forraje, los animales y la mano de obra necesaria para mantener el campo productivo.
- En el lugar donde el padre de Silvana tenía manzanos y perales creció un monte de olivillo y un humedal que se fue formando solo cuando la tierra dejó de trabajarse.
- Lucas, de 17 años, estudia para técnico mecánico pero ya crió 600 pollos parrilleros el año pasado y armó una incubadora casera.
Lo que más llama la atención, si uno se da una vuelta por el campo y presta atención, es que el tractor está siempre con el motor frío y a veces no arranca. No es un capricho: es la postal de una nueva época. "Vamos con los animales, juntamos el dinero para comprar alimento, gallinas ponedoras, pollos, y vamos buscándole la vuelta", explica Silvana con la calma de quien repitió la misma frase durante años hasta que dejó de ser una queja y se convirtió en una estrategia. La frase la dice mientras acomoda un balde con maíz en el corral de las gallinas, con las manos todavía manchadas de tierra.
“Antes no cumplían horario. Ahora uno tiene su trabajo, cumple, y a la tarde y los fines de semana atendemos los animales. Es otro tipo de estrés.”Silvana Aiello
La diferencia con la generación anterior es, en el fondo, quién sostiene a quién. Antes la chacra era la que mantenía a la familia, comía a los chicos y pagaba las cuentas. Ahora, cuentan Silvana y Jorge, la ecuación se dio vuelta: son los sueldos de ellos, más la changa de Lucas y las ventas chicas de pollos y conejos, los que permiten que la tierra siga produciendo. "Lo hacemos a pulmón los tres", dice Silvana, y lo dice mirando a Lucas, que a los diecisiete ya tiene claro que quiere estudiar veterinaria y quedarse en el campo cuando termine la secundaria. Jorge, mientras tanto, tiene en la cabeza plantar frutales y vides para empezar a producir y vender directamente desde la chacra, sin intermediarios.
La historia tiene raíces que se pierden de vista. El bisabuelo de Silvana llegó desde Italia con doce años, alrededor de 1920, y el abuelo fue el que empezó con esta misma chacra. Hoy, tres generaciones después, la continuidad no está garantizada por el apellido ni por la herencia, sino por una decisión personal y diaria, que se renueva cada vez que Silvana toma el auto para ir a la escuela técnica donde trabaja, cada vez que Jorge vuelve del área de educación, cada vez que Lucas abre la incubadora que construyó con sus manos. La sostienen porque quieren, no porque puedan. Y esa, en el fondo, parece ser la parte más importante de la historia, la que no se ve desde la ruta y que sin embargo se siente apenas uno cruza la tranquera.
