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Sábado, 17 de octubre de 2026
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La chica de la aguja: la Copenhague de posguerra que sirve de mapa a un crimen real

El filme de Magnus von Horn, en blanco y negro, se ancla en un caso criminal danés para hablar de maternidad, pobreza y supervivencia después de la Primera Guerra Mundial. Trine Dyrholm compone a Dagmar, la mujer que dice ofrecer soluciones.

Por Camila ParedesCultura y espectáculos · · hace 7 d
La chica de la aguja: la Copenhague de posguerra que sirve de mapa a un crimen real

Hay una escena que se repite apenas uno se acomoda en la butaca: la cámara se pega a Karoline mientras camina por una Copenhague que parece dibujada con carbonilla, y uno entiende, sin que nadie se lo diga, que esa ciudad no le va a regalar nada. Eso es lo primero que avisa La chica de la aguja, la película danesa que Magnus von Horn estrenó en 2024 y que llega a la cartelera local con la decisión firme de no endulzar ni un solo plano.

El punto de partida es un caso criminal real ocurrido en la capital danesa. Sobre ese hecho, von Horn construye un drama con ritmo de suspenso que no corre nunca hacia el género: le importa más mostrar cómo se vivía después de la Primera Guerra Mundial en una ciudad todavía con hambre, fríos y distancias sociales marcadas. La elección del blanco y negro no es un capricho estético; va de la mano con esa idea de un presente áspero, sin maquillaje.

Karoline y Dagmar, un encuentro que arma la trama

Karoline es una trabajadora joven y embarazada que no llega a fin de mes y que empieza a sentir que las paredes se le achican. En ese momento aparece Dagmar, interpretada por Trine Dyrholm, una mujer que se presenta como alguien capaz de encontrar familias dispuestas a recibir a los bebés de madres que no pueden criarlos. La oferta cae como una tabla en medio del agua, y Karoline, claro, se agarra.

El vínculo entre las dos sostiene gran parte del relato. Para Karoline, esa mano tendida representa una salida frente a un futuro cada vez más angosto. A medida que pasan los minutos, las certezas sobre Dagmar y sobre el destino de esos recién nacidos se van corriendo de lugar, y la confianza inicial se va tiñendo de sospecha. La información se dosifica, y uno va recomponiendo el cuadro a la par de la protagonista.

Una ciudad que condiciona a sus personajes

La puesta en escena trabaja a favor de esa sensación de encierro. Los espacios son chicos, las ventanas pocas, la calle no ofrece escapatoria. La fotografía en blanco y negro, junto con una representación de Copenhague muy alejada de la postal turística, refuerza la idea de que acá no hay lugar para el ensueño. Von Horn filma la pobreza sin golpes bajos pero sin condescendencia, y deja que el contexto histórico explique, en parte, las decisiones más extremas.

Porque La chica de la aguja no se queda en el expediente policial: la pregunta que deja dando vueltas es qué margen de elección le queda a una persona cuando no tiene recursos ni contención. En esa pregunta se cruzan el caso criminal, la maternidad no deseada y los temas sociales que la película pone sobre la mesa sin retórica.

Para quien se anime a buscarla, la cita es en la sala, con La chica de la aguja en pantalla, Trine Dyrholm como esa Dagmar a la que uno no puede dejar de mirar y la historia real de una Copenhague de posguerra que todavía tiene mucho para decir. Vale la pena apartar una noche, pagar la entrada y dejarse llevar por una película que no levanta la voz, pero se queda.

CP
Camila ParedesCultura y espectáculos

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