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Sábado, 17 de octubre de 2026
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Jaime Lorente se sienta en la silla de director y descubre que lo más difícil es sostener la propia voz

Estrené la mirada del actor español detrás de la cámara con "El mal hijo" y lo que empezó como un drama familiar cálido y genuino se extravía en la segunda mitad, cuando decide colgarse del thriller más trillado. La película no defrauda del todo, pero tampoco termina de convencer.

Por Camila ParedesCultura y espectáculos · · hace 49 min
Jaime Lorente se sienta en la silla de director y descubre que lo más difícil es sostener la propia voz

Confieso que me acerqué a la sala con una mezcla de curiosidad y cierto resquemor. Jaime Lorente es, para una generación entera, el Nano de La casa de papel o el político turbio de Élite. verlo ahora del otro lado de la cámara, en su debut como director con El mal hijo, era una invitación inevitable. Y arrancué la función con la sensación de estar frente a algo genuino, de esos films que parecen saber exactamente de qué hablan. La primera media hora respira Murcia, huele a barrio y a comida de abuela, y sobre todo retrata con una ternura que no cae en lo empalagoso el vínculo entre un nene abandonado por su padre y la mujer que decide criarlo. Hay ahí una puerta entreabierta, una ceremonia vista a medias por un chico, una conversación entre gurises al anochecer que se quedan grabadas en la memoria precisamente porque no buscan llamar la atención.

El problema, y lo digo con todo el cariño del mundo, es que a esa media hora le sigue otra película. Cuando el relato pega el salto temporal y Rubén ya es un adulto interpretado por el propio Lorente, el tono se va al carajo. Dejamos el drama de raíz, sensible, construido con paciencia, y nos metemos de lleno en un thriller de mafias, drogas y persecuciones que bien podría firmar cualquier director de catálogo de streaming. Es como si la película hubiera encontrado su voz en la primera parte y después le hubiera dado vergüenza usarla. Lo que en el arranque parecía propio y específico se vuelve fórmula: el personaje entra a un lugar sospechoso, suena música que nos avisa que algo malo va a pasar, aparece un dealer con cara de pocos amigos. Y así, uno tras otro, los momentos genuinos se van aplastando bajo el peso de los lugares comunes.

Lo que funciona y lo que se desinfla

  • El primer tramo tiene escenas que se sostienen solas, filmadas con una intimidad que recuerda al mejor cine social español, sin golpes bajos ni subrayados innecesarios.
  • La composición de algunos planos muestra una mirada con criterio, sobre todo en esos momentos de infancia en los que la cámara parece espiar más que intervenir.
  • El elenco responde bien, con una abuela que se roba cada escena en la que aparece y un niño que carga el peso del relato con una naturalidad asombrosa.
  • La segunda mitad acumula momentos dramáticos con una insistencia que los va desgastando, como si la película no confiara en que el espectador los había entendido a la primera.
  • Los personajes secundarios quedan como figuras de género sin demasiado desarrollo, meros engranajes de una trama que ya vimos mil veces.

Lo que más me duele es la oportunidad perdida. Había acá una historia de vínculos rotos, de cómo se construye uno mismo cuando el que tendría que cuidarte se borra, que merecía otro final. En cambio, la película elige el camino del cine negro, un terreno que, como bien señala la crítica, ya fue recorrido con muchísima más convicción por otros. La inexperiencia se nota, sobre todo, en la dificultad para sostener la tensión en las escenas de acción, que se sienten filmadas con más voluntad que oficio. Y en la dificultad para darle espesor a esos secundarios que orbitan alrededor de Rubén, que se quedan en esbozos cuando podrían haber sido grandes personajes.

Dicho todo esto, no creo que sea un fracaso. Hay trabajo honesto detrás de la cámara, hay una intención clara de contar algo que le importa al director y, sobre todo, hay un primer acto que justifica la función. El mal hijo no defrauda de manera estrepitosa, pero tampoco deja huella. Es de esas películas que uno recomienda con el atenuante del pero, y que se olvidan un poco cuando uno sale del cine. Para un debut, alcanza y sobra como tarjeta de presentación. Para consolidarse como director, Lorente va a tener que tomar una decisión difícil: seguir la fórmula que le asegura un lugar cómodo en el catálogo de cualquier plataforma, o arriesgarse a contar las historias íntimas que,, es lo que mejor sabe hacer. La próxima función en la cartelera porteña es el jueves a las 20:30 en el cine Gaumont, con entrada a tres mil pesos. Una buena oportunidad para ver el debut y formarse la propia opinión.

CP
Camila ParedesCultura y espectáculos

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