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Sábado, 17 de octubre de 2026
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El agotamiento invisible de los que siempre cuidan a los demás y terminan solos a los 60

Psicólogos clínicos describen un perfil paradójico: personas que fueron el pilar de familias y amigos durante décadas y descubren al llegar a la madurez que sus vínculos dependían más de la utilidad que del afecto genuino. Reconocer el patrón a tiempo es clave para revertirlo.

Por Esteban AlvaradoSociedad y vida cotidiana · · hace 1 h
El agotamiento invisible de los que siempre cuidan a los demás y terminan solos a los 60

La mañana arrancó con esa neblina finita que se pega a los vidrios de los autos en los barrios del sur bonaerense, una luz pálida, casi sin color, que invita a prender la pava y quedarse un rato más en la mesa antes de salir. En la redacción me llegó un informe que me dejó pensando largo rato, de esos temas que uno lee y dice "claro, por supuesto", como si fuera algo que ya sabíamos pero nadie lo había puesto en palabras tan derechas. Se trata de algo que los psicólogos clínicos vienen describiendo hace años con un nombre que a mí, personalmente, me resultó bastante elocuente: el cuidado compulsivo. La idea de fondo es simple de explicar, aunque incómoda de digerir, sobre todo para quienes peinamos canas o estamos a punto de peinarlas.

Un perfil que nadie ve venir

Cuando hablamos de llegar a los 60 sin un círculo íntimo de contención, la primera lectura suele ser mala: uno piensa que esa persona no supo hacer amigos, que le faltaron mañas sociales, que eligió aislarse. Sin embargo, las investigaciones que repasé para esta nota describen exactamente lo contrario. Estamos hablando de personas que durante décadas fueron el oído atento de la familia, el que mediaba en los conflictos, el que resolvía los trámites difíciles, el que siempre tenía un consejo a mano o un contacto para destrabar lo que sea. Lo que se quiebra a esa altura de la vida no es la cantidad de vínculos, sino la calidad. La psicóloga que repasó el material lo sintetiza con una frase que me resonó: muchos de esos lazos dependían más de la utilidad que del afecto genuino, y cuando la utilidad se disuelve, porque llegó la jubilación, porque cambió la rutina, porque simplemente la vida dio un vuelco, la red se afina hasta casi desaparecer.

Acá abajo, en los pueblos y ciudades de la provincia, este retrato me suena conocido. Lo escuché la semana pasada tomando un café con Marta, vecina de Adrogué, que me contaba con tono cansino lo sola que se sintió el año pasado cuando dejó la farmacia familiar después de cuarenta años: "De golpe nadie me llama para preguntarme cómo estoy, pero cuando alguien necesita un medicamento a la madrugada o un consejo sobre un trámite de la obra social, ahí sí me tenían agendada". Su experiencia no es un caso aislado, es casi la regla que describen los especialistas.

El mecanismo que se repite

Para entender por qué ocurre, conviene detenerse en cómo se construye ese perfil desde joven. Quien asume el rol de cuidador compulsivo va armando su identidad alrededor de la fortaleza y la disponibilidad permanente. Escucha, aconseja, contiene, pero rara vez se permite estar del otro lado. Con los años, el entorno aprende esa asimetría y la naturaliza: el que siempre está bien no necesita que le pregunten cómo está, simplemente está ahí para resolver. Investigaciones sobre dinámica de grupos humanos, entre ellas trabajos del Massachusetts Institute of Technology, confirman que los vínculos edificados casi exclusivamente sobre la función tienden a colapsar cuando el contexto cambia, mientras que los lazos sostenidos por la reciprocidad son los que sobreviven a los grandes tránsitos de la etapa.

  • Comunicar las propias necesidades en lugar de esperar que el entorno las adivine, porque a veces la familia simplemente no se da cuenta de lo que uno necesita.
  • Revisar qué relaciones se sostienen únicamente por la utilidad que uno aporta, y preguntarse con honestidad cuáles quedarían si dejara de ofrecer ese servicio.
  • Reconocer que pedir ayuda no es una amenaza a la propia valía, sino un ejercicio de vulnerabilidad que muchos nunca practicaron y que, según los especialistas, resulta imprescindible para reconstruir vínculos genuinos.
  • Aceptar que los vínculos hay que cultivarlos con ida y vuelta, no solo con presencia incondicional, y que la reciprocidad es lo que los mantiene vivos cuando ya no hay jubilaciones ni funciones por medio.

Hay un punto que los profesionales remarcan y que vale la pena subrayar: la salida no consiste en dejar de ocuparse de los demás, algo que para muchos de estos perfiles sería casi una amputación. La clave está en habilitar la reciprocidad, es decir, abrir la puerta a que el otro también pueda dar, pueda preguntar, pueda acompañar. Ese doble movimiento, según los expertos, se vuelve más urgente a medida que se acerca la edad de los grandes cambios: la salida del mercado laboral, la reorganización de los tiempos, la muerte de algunos contemporáneos, la mudanza a un lugar más chico. Cuanto antes se trabaje sobre el propio patrón, más tiempo queda para construir lazos de intercambio genuino antes de que la red social se reordene sin pedir permiso.

“Reconocer este patrón a tiempo es el primer paso para revertirlo, porque siempre hay tiempo de aprender a pedir, a recibir y a dejarse querer.”Marta, vecina de Adrogué
EA
Esteban AlvaradoSociedad y vida cotidiana

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