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Sábado, 17 de octubre de 2026
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Dos preguntas incómodas para no vivir el guion que escribieron otros

El filósofo Ira Bedzow propone un ejercicio simple y a la vez revelador: indagar de quién es la vida que llevamos y quién debería fijar las reglas del propio camino. Una pista para separar lo que de verdad queremos de lo que el entorno nos pide.

Por Esteban AlvaradoSociedad y vida cotidiana · · hace 7 d
Dos preguntas incómodas para no vivir el guion que escribieron otros

La mañana arrancó con esa bruma finita que se pega a los parabrisas en esta parte del mundo, esa que no termina de irse hasta bien entrado el mediodía y que le pone a la ciudad una luz lechosa, sin sombras duras. En la redacción, mientras se calentaba el café, llegó un tema que me quedó dando vueltas durante toda la jornada, de esos que uno no puede soltar así nomás porque tocan una fibra que está ahí, debajo de la rutina, esperando que alguien la empuje. La idea es sencilla y, al mismo tiempo, profundamente molesta: la mayoría de las personas, cuando se sienta a pensar qué quiere hacer con su vida, en realidad está repitiendo un libreto que no escribió.

Lo dice Ira Bedzow, doctor en Filosofía, profesor de la Escuela de Medicina de la Universidad de Emory y director ejecutivo del Emory Purpose Project. Su planteo es directo y se apoya en dos preguntas que, según cuenta, funcionan como una suerte de bisturí para separar lo genuino de lo heredado: de quién es la vida que se está viviendo y quién debería determinar cómo se vive. La primera admite una respuesta casi automática. La segunda, en cambio, suele generar incomodidad, porque obliga a asumir que el rumbo no está marcado por nadie en particular, ni por la madre, ni por el padre, ni por el grupo de amigos, ni por el barrio, ni por la época.

El camino conocido y la comodidad del guion ajeno

En algún punto, acá abajo, en la provincia y en cualquier ciudad mediana del país, uno escucha seguido frases del estilo "yo estudié lo que mi viejo quería" o "me quedé en este trabajo porque era lo que tocaba". No son confesiones dramáticas. Al contrario, se cuentan con una naturalidad que asusta. Bedzow lo resume con una imagen que pega: es más fácil conocer el camino correcto que se supone que hay que tomar que animarse a inventar ese camino uno mismo. Esa comodidad, advierte el filósofo, puede llevar a vivir toda una existencia según un guión ajeno, sin haberlo elegido jamás de manera consciente.

En la redacción hablamos del tema con Marcelo, que trabaja en la imprenta del diario desde hace más de veinte años y vive en el barrio de San Martín. Me lo crucé en la puerta, con el termo bajo el brazo, y le tiré la pregunta al pasar, casi como al voleo. Se quedó callado un momento, miró la vereda y después me dijo, con una media sonrisa: "La verdad es que nunca me puse a pensar de quién era la vida que estaba viviendo. Uno labura, paga las cuentas, cría a los pibes y sigue. Pero ahora que me lo preguntás, te juro que hay un montón de cosas que hago porque alguien, en algún momento, me dijo que así se hacían". Marcelo tiene cincuenta y tres años y dice que nunca es tarde para empezar a hacerse esas dos preguntas. Le creo.

“No se trata de mirarse el ombligo, sino de examinar las razones por las que elegimos lo que elegimos, considerar alternativas y aprender de los resultados.”Ira Bedzow, filósofo y director ejecutivo del Emory Purpose Project

Lo que dice la evidencia

El planteo de Bedzow no queda en el terreno de la especulación filosófica. Un metanálisis realizado por Sezer y colaboradores llegó a una conclusión que va en la misma dirección: las personas que persiguen metas alineadas con sus propios valores e intereses tienden a esforzarse más, a avanzar más y a registrar niveles más altos de bienestar. El contraste aparece con nitidez cuando los objetivos se orientan por expectativas parentales, por la presión del estatus o por el miedo a la culpa. En esos casos, la energía se gasta, pero el motor funciona en vacío.

Bedzow es cuidadoso a la hora de marcar los límites. Recibir perspectivas externas, aclara, no es lo mismo que entregarles el control. Conversar con un colega sobre una oferta de trabajo, escuchar a un amigo que cuestiona una suposición sobre una relación de pareja, pedirle a alguien de confianza que mire un proyecto con ojos frescos: todo eso puede abrir ventanas que uno no había visto. La diferencia, insiste, está en quién toma la decisión final y desde qué criterios. La filósofa Susan Wolf, citada por el propio Bedzow, aporta otro ángulo al debate: el sentido de la vida no surge únicamente del deseo individual, sino del compromiso con aquello que es genuinamente valioso. Y esa tercera pregunta, la de si lo que se busca merece ser buscado, es, a su entender, la que completa el ejercicio.

Antes de cerrar la nota, vuelvo a lo de Marcelo, en la puerta de la imprenta, con la luz de la tarde ya ganándole a la neblina. Le pregunté qué haría si pudiera responder hoy, con y tres años encima, de quién es la vida que está viviendo. Se rascó la nuca, miró el cielo y me dijo, como cerrando una conversación que en realidad recién empezaba: "Mirá, yo no sé si voy a cambiar nada. Pero por lo menos ahora sé que me puedo hacer la pregunta. Y eso ya es distinto a no hacérmela nunca". Me quedé pensando que, en el fondo, de eso se trata.

EA
Esteban AlvaradoSociedad y vida cotidiana

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