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Sábado, 17 de octubre de 2026
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Cuando una respuesta corta se vuelve una novela: lo que la sobreinterpretación le hace a la pareja

Dos psicólogas argentinas explican por qué el cerebro completa lo que no sabe, cómo influyen los miedos del pasado y qué se puede hacer para salir del loop de conjeturas antes de que la discusión estalle.

Por Esteban AlvaradoSociedad y vida cotidiana · · hace 29 d
Cuando una respuesta corta se vuelve una novela: lo que la sobreinterpretación le hace a la pareja

La mañana de este jueves en la ciudad de Buenos Aires amaneció con esa luz gris que entra perezosa por los balcones, la de los días en que uno todavía está estirando la taza de café cuando ya le vibró el teléfono tres veces. En la redacción, mientras ordenaba los mails, me quedó dando vueltas una idea que escuché esta semana de boca de Graciela, una lectora de Floresta que me escribe cada tanto: "Leo el chat, lo vuelvo a leer, le pongo un tono a la palabra que escribió y termino enojada con alguien que no dijo lo que yo escuché". Esa frase, que podría ser de cualquiera, fue la puerta de entrada a un tema que las especialistas Marina Mammoliti y Karina Carreño conocen de memoria: la sobreinterpretación de mensajes y el daño silencioso que le hace a la confianza dentro de la pareja.

Porque a esta altura, acá abajo, en la provincia y en cualquier barrio porteño, todos vivimos con el celular como una extensión de la mano. Y lo que antes era un silencio en la otra punta de la mesa hoy es un chat que se quedó en visto, un "ok" seco o un audio que tarda en llegar. Esa pequeña demora, para muchos, ya no es una demora: es una sospecha con todas las letras.

Lo que pasó y lo que yo decidí que pasó

Carreño, neuropsicóloga, lo resume con una distinción que parece obvia pero que a la hora de discutir se olvida: que la pareja haya contestado con pocas palabras es un hecho, y que esté enojada es una interpretación. Son dos cosas distintas, y confundirlas es el primer paso para que una conversación se convierta en un papelón. "Cuando falta información sobre lo que siente o piensa el otro, el cerebro intenta anticiparlo y completa esos huecos con experiencias anteriores, con miedos, con inseguridades", explica la especialista. Por eso una demora de veinte minutos se transforma, en la cabeza de uno, en una pérdida de interés que no tiene ninguna prueba que la sostenga.

Y acá aparece el punto más humano del asunto, el que toca la fibra de cualquiera que haya discutido por un chat. Mammoliti, psicóloga, propone algo que parece un giro pequeño pero que cambia toda la conversación: en lugar de pasarse dos horas tratando de adivinar qué le pasa al otro, mirar qué me pasa a mí. "Cuando un silencio o una respuesta corta me genera angustia, vale la pena preguntarse de dónde viene esa angustia antes de salir a buscarla del lado de la pareja", señala. Ese cambio de foco -de lo que el otro me hace a lo que yo estoy sintiendo- es, según la especialista, una de las llaves para cortar el circuito de la interpretación constante.

Por qué el cerebro elige sospechar

  • Porque no tolera la incertidumbre: ante la falta de datos, el cerebro completa el cuadro con lo que tiene a mano, y casi siempre lo que tiene a mano son viejas historias.
  • Porque las experiencias dolorosas pesan: un aviso de visto que llega después de una infidelidad pasada se lee distinto que uno cualquiera.
  • Porque la inseguridad y la baja autoestima empujan a buscar confirmaciones, aun cuando no hay nada que confirme.
  • Porque el miedo al abandono transforma una necesidad de estar solo en una señal de indiferencia.
  • Porque una vez que la conjetura echó raíces, las respuestas empiezan a escribirse desde ahí y no desde lo que realmente pasó.

Lo que describen las dos especialistas es un círculo que se retroalimenta. Carreño lo cuenta con una imagen muy gráfica: "Se arman discusiones por situaciones imaginadas, y después aparecen pedidos reiterados de seguridad que van desgastando la confianza". El otro, agobiado por tener que demostrar que no hizo nada, termina respondiendo mal, y eso confirma la sospecha original. Mammoliti coincide y agrega que cuando hay antecedentes de infidelidad o heridas que no terminaron de cerrarse, la búsqueda de pruebas se vuelve casi una obsesión: uno lee los mensajes buscando la frase que confirme el miedo.

Qué hacer antes de responder ese mensaje que quema

Las dos profesionales coinciden en un punto que parece de manual pero que, en la práctica, casi nadie aplica: la comunicación directa. Carreño es tajante al respecto: "Preguntar ayuda a bajar la incertidumbre y la reacción de alerta. No siempre se puede tener una explicación en el momento exacto en que aparece la inquietud, y eso también hay que aprenderlo". Es decir, a veces la respuesta correcta es esperar a estar tranquilos para hablar, y no mandar ese audio cargado de tres lecturas distintas.

Mammoliti, por su parte, insiste con la idea de volver a los hechos antes que a las hipótesis. Si lo que pasó fue un "ok" seco, lo que pasó fue un "ok" seco. Lo que a mí se me ocurrió a partir de ese "ok" ya es responsabilidad mía hasta tanto no lo confirme conversando. Esa es, en definitiva, la tarea: distinguir lo ocurrido de lo imaginado, reconocer la emoción propia y, llegado el caso, preguntar de frente en vez de pelearse con un fantasma.

“Cuando falta información, el cerebro completa los huecos con experiencias anteriores, con miedos, con inseguridades; por eso una demora termina asociada con una pérdida de interés, aunque no haya elementos que permitan sostener esa conclusión.”Karina Carreño, neuropsicóloga

Cierro esta nota como la empecé, con el mate de media mañana y el ruido de la calle entrando por la ventana. Me quedo pensando en Graciela, la vecina de Floresta que me escribió su frase como al pasar, y en la cantidad de gente que, sin saberlo, está discutiendo cada noche con alguien que nunca dijo lo que ella escuchó. Tal vez la próxima vez que uno lea un chat y sienta que algo no cierra, lo más sano sea apagar la pantalla un rato, mirarse para adentro y, solo cuando se esté en condiciones, abrir la boca para preguntar antes de sacar conclusiones. Como me dijo una vez una amiga de Lanús, con esa sabiduría criolla que suele aparecer en la cocina: "Preguntar no cuesta nada, sospechar te arruina la noche". Y tenía razón.

EA
Esteban AlvaradoSociedad y vida cotidiana

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