Cuando la presión se vuelve invisible: el dato que casi cuatro de cada diez argentinos desconocen
Un registro nacional advierte que más de un tercio de los adultos convive con hipertensión sin saberlo, mientras apenas cuatro de cada diez tratados logra mantenerla bajo control. Especialistas insisten en que medirse periódicamente, ajustar la sal y sostener hábitos saludables puede cambiar esa realidad.
La mañana de este jueves arrancó fresca, con esa luz gris y limpia que suele colarse por las ventanas de los barrios porteños antes de que el ruido de la ciudad se termine de instalar. En la parada del 29, sobre la avenida Montes de Oca, María Laura, vecina de La Boca, esperaba el colectivo mientras tomaba un mate bien cargado. Le pregunté si se había controlado la presión en los últimos meses y se encogió de hombros: "Mirá, yo me siento bien, ¿para qué me voy a hacer ese lío?". Esa respuesta, multiplicada por millones, es exactamente el problema que durante años los cardiólogos vienen tratando de desarmar.
Una enfermedad silenciosa que atraviesa a la Argentina entera
La hipertensión arterial es una de esas condiciones que no avisa. Puede instalarse de manera lenta, sin dolores de cabeza persistentes, sin zumbidos en los oídos, sin esas molestias que llevan a una persona a sentarse frente al médico. Mientras tanto, el corazón trabaja de más, las arterias se endurecen y el riesgo de un infarto o un accidente cerebrovascular se va construyendo en silencio. La frase que repiten los profesionales es tan simple como difícil de aplicar: la única manera de saber cómo está la presión es midiéndola, porque sentirte bien no alcanza como diagnóstico.
Las cifras que acaba de difundir el Registro Nacional de Hipertensión Arterial son elocuentes y, al mismo tiempo, preocupantes. El 36,3 por ciento de los adultos mayores de 18 años en la Argentina tiene presión elevada, lo que traducido a personas significa cerca de 12 millones de individuos. Pero hay un dato todavía más inquietante: casi cuatro de cada diez de esos hipertensos no saben que lo son. Es decir, acá abajo, en cualquier barrio del conurbano o del interior, es muy probable que en una reunión familiar haya alguien conviviendo con una presión alta sin haberse enterado jamás.
Tratamientos que no siempre cierran el círculo
Como si el panorama fuera poco, existe un segundo cuello de botella que también preocupa a los especialistas. Entre quienes ya fueron diagnosticados y reciben algún tipo de tratamiento, apenas alrededor del 44 por ciento consigue mantener los valores dentro de los rangos recomendados. Lo explicó con crudeza una médica clínica consultada por este medio, que pidió no difundir su nombre: "Diagnosticar está bien, pero si después la mitad de los pacientes no llega a los niveles adecuados, el sistema está perdiendo una batalla que se puede ganar".
- Reducir el consumo de sal, leyendo etiquetas y evitando el agregado en la mesa.
- Sostener una alimentación equilibrada, con verduras, frutas, legumbres y menos ultraprocesados.
- Realizar actividad física de forma regular, al menos 150 minutos por semana.
- Atender el estrés crónico con espacios de descanso y, si es necesario, acompañamiento profesional.
- Medirse la presión de manera periódica, incluso en ausencia de síntomas.
El problema no es exclusivo de la Argentina. El segundo informe mundial sobre hipertensión arterial que publicó la Organización Mundial de la Salud en 2025 advierte que 1.400 millones de adultos en el mundo viven con presión elevada, y que apenas uno de cada cinco la tiene controlada. Hablamos de un fenómeno global que cruza países, sistemas de salud y niveles socioeconómicos, y que en la región se expresa con la misma crudeza que en cualquier otra parte del planeta.
Mientras el colectivo 29 finalmente asomaba por la avenida, María Laura aceptó una pequeña libreta que le alcanzó una promotora de salud del hospital. Miró la página, donde figuraba una tabla con valores de referencia, y dijo algo que se parece mucho a una decisión: "Capaz que este finde me la mido en la farmacia, así me quedo tranquila". Y en esa frase, sencilla y de barrio, está condensado el mensaje central que los cardiólogos quieren instalar en la rutina de la gente: la presión no se siente, se mide.
