Cuando la imagen es falsa y el daño es real: el caso que sacudió a un colegio de Lomas de Zamora
Cuatro menores son investigados por crear y difundir con inteligencia artificial fotos sexualizadas de sus propias compañeras. Las víctimas hablan de vergüenza, asco y miedo, y el expediente reabre un debate urgente sobre los límites del daño emocional en la era de las imágenes sintéticas.
La mañana en Lomas de Zamora se levantó gris, con esa luz plana de invierno que parece no decidirse entre el frío y la promesa de un sol que nunca termina de asomar. Acá abajo, en el conurbano bonaerense, esa luz chata se volvió casi una postal del estado de ánimo que transitaron varias familias durante las últimas semanas: una mezcla de bronca, desazón y una pregunta que todavía no encuentra respuesta fácil. En un colegio secundario del partido, cuatro alumnos quedaron bajo la lupa de la Justicia acusados de producir y distribuir imágenes sexuales falsas de sus propias compañeras, generadas con herramientas de inteligencia artificial a partir de fotografías tomadas de redes sociales. Lo que empezó como un juego entre adolescentes, según reconstruye la causa, terminó en allanamientos, en chicas llorando en el baño del colegio y en una movilización de estudiantes que se plantó frente al edificio para decir basta.
La paradoja de saber que es falso y sentir que igual lastima
"Aunque sé que es falso, me dio vergüenza." La frase la dijo una de las adolescentes afectadas y, en apenas diez palabras, condensa el nudo del asunto. Porque la discusión de fondo ya no pasa por si la imagen es verdadera o no: pasa por qué le hace al cuerpo y a la cabeza de una chica de catorce, quince o dieciséis años verse desnuda en una pantalla sin haberlo elegido, aunque su inteligencia le diga que aquello no ocurrió jamás. Las víctimas, según pudo reconstruir este portal a partir de los testimonios recogidos por la Justicia y por los propios equipos de orientación del colegio, describieron sentimientos que cualquiera que haya criado adolescentes reconoce al vuelo: asco, vergüenza, miedo a que el material haya llegado a cualquier parte, miedo a la mirada del otro en el pasillo, miedo a la cena familiar.
Camila, una vecina de Temperley que prefiere no dar su apellido pero que conoce a dos de las familias involucradas, lo cuenta con la crudeza que tienen las cosas cuando se dicen en la vereda: "Las chicas están destruidas, te lo digo de verdad. Una madre me llamó llorando porque la nena no quería volver al colegio, no quería salir a la calle, no quería ni que le sacaran una foto. Y lo peor es que muchas veces ni siquiera sabés qué decirles, porque técnicamente no pasó nada, pero en la cabeza de ellas pasó todo". La escena se repite en otros domicilios del barrio, con el mismo denominador común: la sensación de vulnerabilidad de chicas que, hasta hace poco, subían fotos a Instagram o TikTok sin pensar demasiado en las consecuencias.
Cómo se fabrican las imágenes y por qué el delito es real
La mecánica, según lo que trascendió de la investigación, es la que ya se volvió tristemente conocida: los adolescentes tomaban fotografías públicas de perfiles de redes sociales y, mediante aplicaciones de inteligencia artificial, las manipulaban para generar versiones sexualizadas de las jóvenes. Después las hacían circular en grupos digitales cerrados, con indicios firmes de que también rebotaron en plataformas de mensajería instantánea. La causa, que tramita en un fuero de menores de Lomas de Zamora, está caratulada como producción y distribución de material de abuso sexual infantil (MASI), una figura que en Argentina equipara legalmente la imagen sintética a la imagen real cuando lo que se pone en juego es la integridad sexual de una persona menor de edad. La Justicia ya ordenó el cese de hostigamiento, pidió medidas para evitar todo contacto entre las partes y los cuatro chicos investigados pasaron a modalidad virtual mientras avanza el expediente.
“Creemos que pudo haber llegado a cualquier parte del mundo.”Una de las alumnas afectadas, en su testimonio ante el equipo de orientación
La frase la dijo otra de las chicas afectadas y es la que mejor describe el vértigo que sintieron las familias cuando se enteraron de lo que estaba pasando. En un mundo donde una imagen se puede reenviar con un click, la pregunta ya no es si la foto es real: es hasta dónde llegó y quién la vio. Y acá se cruzan dos mundos que hasta hace poco parecían no tocarse: por un lado, la legislación, que avanza más lento que la tecnología; por el otro, la vida cotidiana de pibas y pibes que crecen en una cultura digital donde la frontera entre lo público y lo privado se borró hace rato.
La respuesta del colegio, la marcha de las chicas y lo que viene
Cuando las afectadas advirtieron lo que estaba ocurriendo, fueron ellas mismas las que tocaron la puerta del colegio para pedir ayuda. Y acá aparece otro de los puntos sensibles del caso: la respuesta institucional. Varias de las familias sostienen que la primera reacción del establecimiento fue tardía y tibia, que faltó rapidez, que faltó protocolo, que faltó alguien que se sentara a mirar a las chicas a los ojos y les dijera que lo que les habían hecho estaba mal y que no era su culpa. Recién más adelante, con la presión del caso ya en manos de la Justicia, la dirección organizó jornadas de diálogo, convocó a las familias y separó del aula a los cuatro chicos investigados. La situación, mientras tanto, había desbordado los muros de la escuela: las propias alumnas organizaron una protesta frente al edificio, con estudiantes de distintos cursos, padres y madres que se sumaron con pancartas y cánticos. Los videos de la marcha se viralizaron en redes y, casi como un efecto dominó, empezaron a aparecer testimonios de jóvenes de otros colegios de la provincia que relataron haber pasado por situaciones similares. De golpe, lo que parecía un caso aislado pasó a funcionar como espejo de algo mucho más grande.
Para los equipos de orientación y para los padres, el caso deja un manual de preguntas sin responder todavía: cómo hablar con una adolescente que aparece desnuda en una imagen que sabe falsa, cómo actuar desde el colegio cuando se detecta una situación así, qué hacer con los celulares, qué hacer con los grupos de WhatsApp, qué hacer con la culpa que muchas madres y muchos padres sienten por no haber visto antes lo que estaba pasando. Y también deja una advertencia que las especialistas en infancia venían repitiendo desde hace rato, pero que ahora se escuchó con más fuerza: en la era de la inteligencia artificial, el consentimiento no se negocia ni se presume, y la mejor protección sigue siendo la conversación cotidiana, esa que a veces da fiaca pero que es la única que llega a tiempo. Como me dijo una de las madres afectadas, con la voz todavía rota por el último mes y mientras acomodaba la mochila de su hija para la mañana siguiente: "Yo lo que les digo a otras mamás es que hablen, que pregunten, que miren el celular con sus hijos sin pedirles permiso, porque lo que les hicieron a estas chicas le puede pasar a cualquiera". Esa frase, en la vereda gris de Lomas de Zamora, vale más que cualquier titular.
