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Sábado, 17 de octubre de 2026
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Cafeína, adolescencias y noches en vela: lo que los padres suelen pasar por alto

Especialistas de Yale detallan cómo el consumo de café, bebidas energizantes y hasta chicles saborizados puede alterar el sueño de los más jóvenes y recomiendan revisar horarios, cantidades y rutinas de pantallas.

Por Esteban AlvaradoSociedad y vida cotidiana · · hace 24 d
Cafeína, adolescencias y noches en vela: lo que los padres suelen pasar por alto

El sol cae despacio sobre las veredas todavía húmedas y la luz de la tarde se cuela entre los árboles de una cuadra cualquiera de un barrio cualquiera de acá abajo, donde siempre hay uncon el termo listo para llenar otro mate y, casi sin darse cuenta, también para empezar a hablar de lo que preocupa de verdad, que en este tiempo no es otra cosa que el cansancio crónico que se les nota a los pibes, esa especie de modorra que arrastran de la cama al aula y del aula a la cama sin terminar de despertar nunca. Por eso me detengo hoy en un tema que atraviesa las mesas familiares mucho más de lo que uno imagina: la cafeína que los adolescentes meten en el cuerpo sin reparar demasiado en lo que les hace después, cuando llega la noche y el sueño, otra vez, se hace rogar.

Señales que conviene mirar en casa

Cuando un adolescente tiene dificultades para dormir, está nervioso o presenta temblores, conviene empezar por revisar qué consume durante el día, porque esas señales, sumadas a una caída del rendimiento escolar, suelen ser la punta del hilo de algo que se puede conversar en familia. La neumonóloga y especialista en sueño Sabhyata Agrawal, de Yale, fue muy clara al advertir que un exceso también puede provocar palpitaciones, molestias digestivas, una inquietud constante y una ansiedad que antes no aparecía. Son pistas que, mirándolas en conjunto, suelen hablar más fuerte que cualquier nota del colegio.

A mí me lo dejó dicho esta semana, en una charla de esas que se estiran en la vereda, Marta, vecina del barrio de Belgrano, que tiene un hijo de catorce que el mes pasado empezó a llegar cansado a la cena y a revolear el cuaderno apenas se sentaba a estudiar: una noche, ya casi por cumplir, me animé a mirarle los bolsillos de la campera y aparecieron tres sobrecitos saborizados, de esos que compran en el kiosco como si fueran golosinas, y ahí entendí que el problema no era la pantalla ni el celular ni la maestra, sino algo mucho más concreto que estaba tomando a toda hora. Me lo dijo con la voz bajita, casi como confesándose, porque a veces uno siente que si nombra el tema lo agranda, y en realidad lo único que está haciendo es ponerlo sobre la mesa para empezar a resolverlo.

Dónde se esconde la cafeína que los chicos no identifican

Para reconocer cuánto ingiere un adolescente no alcanza con contar las tazas de café, porque la cafeína se mete en la vida diaria por muchos otros costados: aparece en bebidas energizantes, en gaseosas, en el chocolate, en chicles y, sobre todo, en esos sobres saborizados que se consiguen en cualquier kiosco y que pueden aportar entre 50 y 200 miligramos por unidad. Grace Kong, profesora asociada de Psiquiatría de Yale, explicó que los sabores dulces y frutales disimulan el amargor y pueden hacer que los jóvenes los prueben sin tener la menor idea de lo que están tomando, lo cual vuelve todavía más importante que los adultos sepamos leer las etiquetas y, sobre todo, que conversemos en casa antes de que el consumo se vuelva costumbre.

  • Bebidas energizantes, gaseosas y cafés de distintas presentaciones.
  • Chicles y golosinas con cafeína añadida.
  • Sobres saborizados, con entre 50 y 200 miligramos por unidad.
  • Chocolate y productos de repostería que suelen pasar inadvertidos.
  • Café o mate en cantidades pensadas para adultos, que no deberían trasladarse a los menores.

El horario en que se consume también pesa, y mucho: según Agrawal, la cafeína empieza a actuar entre 30 y 45 minutos después de tomarla y, entre cinco y seis horas más tarde, todavía queda en el organismo aproximadamente la mitad de lo que se ingirió, de manera que un sobre o un vaso tomado a la tarde termina mordiendo el sueño de la noche. Por eso, como me dijo Marta mientras acomodaba los sobrecitos sobre la mesa como si fueran pruebas de un expediente, la recomendación de evitar la cafeína después de las 13 o las 14, según el horario habitual de descanso, no es un capricho médico sino una manera concreta de empezar a proteger las horas de sueño que el cuerpo todavía está construyendo.

Y acá entra un dato que a mí, como padre y como alguien que habla todos los días con vecinos, me parece clave: ese efecto se combina con un cambio propio de la adolescencia, porque el reloj biológico se va corriendo hacia horarios más tardíos y hace más difícil levantarse temprano, y entonces, cuando aparece el cansancio, muchos jóvenes buscan un estimulante que les dé un empujón que termina retrasando otra vez el descanso y aumentando el agotamiento del día siguiente, en un loop del que cuesta salir si nadie lo nombra. La investigadora del Departamento de Psiquiatría de Yale Jennifer Jiyun Park fue terminante al recomendar evitar la cafeína antes de los 18 años y, especialmente, excluir las bebidas energéticas de la alimentación de niños y adolescentes, mientras que Agrawal insistió en que los jóvenes pueden experimentar molestias con cantidades claramente menores que las que tolera un adulto.

“Revisar qué se toma, en qué cantidad y a qué hora es una forma concreta de cuidar el sueño de los chicos, porque las recomendaciones para adultos no deberían trasladarse a los menores.”Jennifer Jiyun Park, investigadora del Departamento de Psiquiatría de Yale

Finalmente, revisar las rutinas nocturnas completa el cuadro: Park explicó que el consumo durante largas sesiones de videojuegos puede responder tanto al deseo de mantenerse despierto como a una costumbre compartida con otros jugadores, y que la luz de las pantallas reduce la producción de melatonina justo cuando el cuerpo más la necesita para empezar a relajarse, de modo que la recomendación práctica, esa que uno puede llevar mañana mismo a la cocina de su casa, es conversar sin dramatizar sobre lo que se consume, en qué horarios y con qué compañía, porque como me terminó diciendo Marta, todavía con la taza entre las manos y con la mirada puesta en la vereda, lo importante no es asustarse sino empezar a prestarle atención, que de eso se trata, en definitiva, de no dejar pasar las señales. Son los pibes los que nos están pidiendo, sin saberlo, que les cuidemos las noches.

EA
Esteban AlvaradoSociedad y vida cotidiana

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