Bajar de peso no es solo una cuestión de fuerza de voluntad: el apoyo psicológico marca la diferencia en los tratamientos
La Organización Mundial de la Salud advierte que la obesidad es el resultado de una interacción compleja entre la biología, las emociones y el entorno, y un metaanálisis de 37 estudios confirma que las intervenciones psicológicas mejoran los resultados a largo plazo. Especialistas coinciden en que atender los factores emocionales es clave para sostener los cambios.
La mañana arrancó fresca en el centro de la ciudad, con una luz pálida que se colaba entre los edificios y dibujaba sombras largas sobre las veredas todavía húmedas. En la esquina de siempre, un vecino de toda la vida, Jorge, del barrio de Once, me contaba mientras tomaba un café que él había hecho todos los regímenes imaginables durante los últimos veinte años, y que siempre, siempre, terminaba recuperando los kilos que había bajado. No era un problema de falta de voluntad ni de información, me decía mirándome a los ojos con esa franqueza que tienen los porteños de toda la vida; era algo más, algo que no lograba identificar. Lo que Jorge no sabía todavía es que la ciencia viene poniendo nombre a ese algo más: el peso corporal no depende únicamente de cuántas calorías ingerimos y cuántas quemamos, sino de una trama mucho más compleja en la que se cruzan el hambre, el descanso, el estrés, el estado de ánimo, la carga genética y el entorno alimentario que nos rodea a cada rato.
Cuando uno revisa la bibliografía médica con detenimiento, el panorama se vuelve bastante claro. La Organización Mundial de la Salud viene sosteniendo hace rato que la obesidad no es simplemente una cuestión de glotonería ni de sedentarismo, sino el resultado de la interacción entre la susceptibilidad biológica de cada persona y un montón de influencias ambientales y psicosociales que nos atraviesan a diario. Por eso el organismo internacional recomienda desde hace tiempo un abordaje multimodal, que combine intervenciones conductuales, nutricionales, psicológicas y médicas, siempre adaptadas a las necesidades puntuales de quien consulta.
Lo que dice la evidencia más reciente
Un metaanálisis que revisó 37 estudios, entre ellos 21 ensayos clínicos aleatorizados, encontró resultados favorables para las intervenciones psicológicas cuando se las comparó con abordajes mínimos o con los tratamientos habituales. La terapia de aceptación y compromiso, una de las líneas de la psicología basada en la evidencia, fue la que presentó los resultados más consistentes en el seguimiento posterior a los dieciocho meses, según el trabajo publicado en la revista Obesity Reviews. Esto, traducido al lenguaje de todos los días, significa que cuando un profesional de la salud mental acompaña el proceso de bajar de peso, las chances de sostener los cambios en el tiempo crecen de manera considerable. La cifra no es un detalle menor en un país donde, según distintas encuestas, más de la mitad de la población adulta tiene sobrepeso u obesidad.
Acá abajo, en nuestra provincia, varios centros de salud pública y obras sociales empezaron a incorporar equipos interdisciplinarios que incluyen nutricionistas, médicos clínicos y psicólogos, aunque todavía falta mucho para que esa sea la regla y no la excepción. La lógica es simple: si atendés solo la comida y el movimiento, pero dejás afuera el mundo emocional de la persona, el tratamiento queda cojo desde el arranque.
La genética, el hambre y el peso de la herencia
Otra de las claves que suelen quedar afuera de la conversación cotidiana es la genética. Ciertas variantes genéticas influyen en los mecanismos cerebrales que regulan el hambre y la saciedad, esos interruptores finos que le dicen a nuestro cuerpo cuándo tiene que empezar a comer y cuándo ya está conforme. Otras variantes, en cambio, intervienen en el metabolismo, es decir, en la forma en que el organismo usa y almacena la energía que recibe de los alimentos. Esto explica, de manera bastante razonable, por qué dos personas que comen más o menos lo mismo y se mueven de manera parecida pueden obtener resultados muy distintos cuando se ponen a dieta. No se trata de voluntades distintas: se trata de biografías genéticas distintas.
El día que se rompió la dieta
El estado emocional y el nivel de cansancio también pesan más de lo que uno quisiera admitir. Cuando alguien está cansado, ansioso o pasando por un mal momento, la capacidad de sostener las decisiones vinculadas con la alimentación se resiente, y no hay lista de compras ni planilla de Excel que sobreviva a una semana particularmente brava. El psicólogo clínico Martín Reynoso, que trabaja hace quince años con pacientes que buscan bajar de peso, me lo explicaba con una frase que me quedó dando vueltas: comer no es solo un acto biológico, es un acto emocional, social y cultural, y pretender que la gente come únicamente para nutrirse es una fantasía que no se sostiene ni un segundo. Ante un episodio en el que uno se sale del plan previsto, una respuesta rígida, del tipo ya fallé, no sirvo para esto, puedo generar la sensación de haber perdido el control por completo, lo que a veces termina derivando en comer de forma desinhibida, casi como un desquite. Una respuesta más flexible, en cambio, permite reconocer el episodio sin interpretarlo como el abandono total del proceso, y seguir adelante con el plan al día siguiente. La diferencia, parece, está en cómo nos contamos a nosotros mismos lo que nos pasa.
La Sociedad Europea de Cardiología viene planteando hace tiempo que el tratamiento de la obesidad requiere un abordaje prolongado, paciente, que combine alimentación, actividad física y trabajo sobre los aspectos psicológicos, siempre orientado a cada persona en particular, y no a un paciente promedio que en realidad no existe. Las guías más modernas insisten en algo que suena de perogrullo pero que en la práctica sigue costando horrores: no hay una fórmula única que funcione para todos, y quienes acompañan estos procesos tienen que estar dispuestos a ajustar la mirada una y otra vez. La obesidad, como tantas otras cuestiones de la salud, se trata de manera mucho más eficaz cuando se entiende como un fenómeno complejo, atravesado por múltiples dimensiones que se influyen entre sí, y no como una simple ecuación de calorías que entran y calorías que salen.
“El día que entendí que comer no era solamente nutrirme, sino también un modo de calmarme, festejar o consolarme, todo el tratamiento cambió de rumbo. Desde ahí empecé a sostener los cambios de verdad.”Martín Reynoso, psicólogo clínico
